sábado, febrero 04, 2017

Los extractivistas epistémicos y los francotiradores

Una crítica a Grosfoguel, Dussel y otros intelectuales

En el 2013 Leanne Betasamosake Simpson, una mujer indígena del pueblo Mississauga Nishnaabeg de Canadá puso en escena el concepto de “extractivismo cognitivo”. El cual ha sido revalorizado por algunos intelectuales bajo el nombre de “extractivismo epistémico”, especialmente por Ramón Grosfoguel en su artículo: “Del «extractivismo económico» al «extractivismo epistémico» y al «extractivismo ontológico»: una forma destructiva de conocer, ser y estar en el mundo.[1]

Las palabras “extractivismo epistémico” no son nuevas pero el concepto ya es antiguo, así por ejemplo, hay quienes han hablado de colonialismo interno o de anatopismo, ésta última quiere decir: interpolar conocimientos de fuera de una realidad para leer e interpretar a otros pueblos, a fin de imponerles una concepción del mundo desde la razón del dominador y hasta hacerlos aparecer como propio, bajo el argumento de que es por “su bien” o “su progreso” o “su bienestar”. Es decir, es una asimilación de lo otro o de la alteridad al sistema estatuido, haciéndole perder su carácter propio y por ende su espíritu alternativo y alterativo. A esto muchos lo llaman interculturalidad pero en realidad es integrismo.

Al respecto Grosfoguel dice -en el referido artículo-: “Este principio de asimilación es epistemicida porque termina destruyendo los saberes y las prácticas ancestrales. (…) Si el «ecologicidio» destruye la vida, el «epistemicidio» y «existencialicidio» consiste en destruir los conocimientos y formas de vida asociadas a los artefactos, saberes y «objetos» extraídos para asimilarlos a la cultura y formas de ser y existencia capitalistas occidentales.”

Pasemos a ver ejemplos de extractivismo epistémico y a hacer comentarios a algunos intelectuales, sin con ello dejar de desconocer su aporte valiosísimo, incluso nuestra admiración a algunos que nos han enseñado tanto. Sin embargo nadie es infalible en sus elaboraciones conceptuales, pues somos partes de un mundo colonizado y susceptibles de ser afectados e infectados de distintas maneras por el colonialismo y el extractivismo epistémico-ontológico.

No creemos que haya alguien plenamente descolonizado en la intelectualidad, ni en quienes han tenido contacto con la civilización u occidente, es decir, que sea des-colonizado o des-occidentralizado. Para nosotros, no hay diferencia entre civilización y occidente, pues la única civilización en el mundo es la de occidente. Por lo que resulta una tautología decir “civilización occidental”. Sabemos que los pueblos de fuera de occidente, no llegaron jamás a separarse de la naturaleza ni de lo sagrado, no construyeron un sistema social contra natura, como sí lo hizo la civilización conduciéndonos al caos ambiental actual que ha puesto en peligro la sobrevivencia misma de la especie humana.

Por tanto, es equivocado hablar de “choque o encuentro de civilizaciones”, como dicen los intelectuales occidentalistas o colonialistas, sino la destrucción paulatina y sostenida por parte de la civilización de los pueblos, culturas, comunidades, aldeas, que vivían y viven en el continuo de la naturaleza. Civilizar es colonizar. Colonizar es occidentalizar.

Incluso, consideramos que el proceso de des-occidentalocentrismo se está dando mucho más al interior de occidente que fuera de ella. Especialmente en Europa, hay quienes ya se han dado cuenta que fueron ellas las primeras víctimas de las élites colonialistas o civilizadoras. Los semitas, cristianos, helenos y latinos, configuraron desde el patriarcalismo esclavista la “civilización occidental”. Dicho de otra manera, la gran obra de esclavistas, patriarcalistas, colonialistas, mecanicistas, reduccionistas, antropocentristas, es su concreción o unificación de todo ello en lo que llegaron a denominar “civilización”, la misma que ha buscado y logrado extenderse por casi todo el mundo.

Primero civilizaron a todos los europeos, y a su vez ellos lo hicieron con el resto del mundo, particularmente los últimos 500 años. Logrando colonizar a casi todos en su etapa de la modernidad, a través de su capitalismo/socialismo la civilización casi ha conseguido occidentalizar el mundo. Pero sucede que hoy se está produciendo un paulatino despertar, un reflotar de pensamientos, resistencias y luchas anti civilizatorias, es decir, un sinnúmero de acciones para que regresemos a vivir en el continuo de la naturaleza, y con ello recuperar lo común-integral dentro de un sistema de armonía complementaria.

A estas distintas expresiones y formas los agrupamos bajo el término “aldeidad” o “aldeismo”, palabra ésta que viene de aldea (similar a comunidad), pues consideramos que para revertir el cambio climático hay que “aldeizar” el mundo antes que el sistema ciudad-civilización acabe con todos. Es decir, entrar en un proceso de neo-ruralización o re-campesinación[P1]  -como el que llevan las ecoaldeas o las cooperativas integrales- antes que el urbanismo depredador inunde con sus “selvas de cemento” la vida, es decir, la naturaleza no-humana. Y ante todo, hay que profundizar el proceso autonómico o de autogobierno, como el que vienen empujando ciertas aldeas milenarias –así los zapatistas- para proteger lo que contiene, sostiene y mantiene al ser humano, pues entienden que sin la naturaleza el hombre no es nada.

No se trata de transformarse o de crear más ciudades sostenibles, inteligentes, compactas, o en transición, sino de terminar con el modelo que viene destruyendo la vida, y ese es la ciudad-civilización. Apenas el 4% del territorio del planeta ocupan todas las ciudades en su conjunto, pero emiten gases de efecto invernadero en alrededor del 78%. Deben quedar máximo ciudades de unos 50.000 habitantes –como era hasta hace unos 100 años la gran mayoría-, para ello debe decrecer la población mundial, como una serie de factores complementarios de decrecimiento.

Ello implica entender que la disyuntiva no es entre la civilización liberal-capitalista y la civilización marxista-socialista, sino entre la civilización de derecha/izquierda versus la aldeidad o comunalidad. Eso es lo que el mundo tiene que elegir: más contra natura o retomar el continuo de la natura. Eso no significa regresar al pasado ni no utilizar la tecnología, que es el pobre argumento de quienes tienen una mirada miope y anoréxica.

En este sentido, la descolonización es para todos, colonizadores y colonizados. No hay descolonización si no hay descivilización. Actualmente en occidente hay un importante sector que se ha abierto al mundo y han comenzado a actuar de igual a igual con otros pueblos y culturas, aunque todavía son una minoría. Han comprendido que la “liberación” es para todos o no es posible para nadie. Liberación en el sentido de soltarse o zafarse de algo, para entrar en la armonía complementaria de la naturaleza no-humana. No, a como lo conciben en occidente, de que la liberación es ser libre de todo y de todos. Quién es libre del sol, de respirar, de comer.

La libertad es el mayor sofisma de la civilización. Si no se encuentra la armonía y el equilibrio, la “liberación” pasa a constituirse en otra forma de dominación y explotación por un nuevo sector que cree representar a todos o que actúa a nombre de los demás. Los marxistas no comprenden que la explotación del hombre terminará cuando termine la explotación de la naturaleza no-humana, y no al revés. Por eso han fracasado todos sus proyectos en todo el mundo.

miércoles, noviembre 16, 2016

“Lady and the Trump”: ¿Por qué pierde Hillary?


16/11/2016

Pocos se acuerdan que Lincoln era republicano y que, en la cámara de representantes, los abolicionistas de la esclavitud no eran, precisamente, los demócratas. Creer que el partido demócrata representó siempre el “ala izquierda” del sistema político norteamericano es otra más de las mitologías gringas. Tampoco el establishment es el “Estado profundo”. Y aquel no es un todo monolítico sino que está atravesado por un conjunto de intereses que no siempre comulgan entre sí. Si Hillary Clinton era la candidata de los heraldos de la globalización neoliberal: medios, lobbies y Wall Street, ¿de quién era candidato Donald Trump?

Esta es una pregunta que la hacemos después del discurso de Trump una vez vencedor de las elecciones. El tono “políticamente correcto” que asume, no cuadra con su acento pre-electoral. Todo el establishment parecía alineado a Hillary, pero, mientras caen las bolsas en Asia y en Europa y cae el precio del petróleo; el día después de las elecciones, la bolsa de New York, o sea, Wall Street, reacciona con un optimismo sospechoso mientras países, como México, se arrinconaban en la incertidumbre. Curiosamente, el candidato que había enfrentado al establishment, recibía el apoyo tácito del brazo financiero del establishment. O sea, ¿será realmente Trump un outsider o su candidatura era una estrategia encubierta del “Estado profundo”?

Esto merece ser tematizado de modo complejo y multidimensional y establecer no sólo los intereses que estaban en juego, sino toda la disposición geopolítica que el Imperio tenía enfrente, a la hora de decidir qué política de Estado asumir después del fracaso de la administración Obama (donde estaba seriamente comprometida Hillary) en Siria y Ucrania y, con ello, la prospectiva de la admisión de un nuevo mundo tripolar.

Más allá del circo mediático que promueve la tecno-política, lo que estaba en juego eran las opciones que tenía ante sí el establishment en plena crisis de la globalización neoliberal, en la cual USA había comprometido su propia estabilidad como nación. Las opciones, por supuesto, no eran ambos candidatos, sino el tipo de respuesta que iba a adoptar el Imperio ante los inminentes ascensos de China y Rusia, amenazando seriamente su hegemonía global (ya que la errática política exterior de la administración Obama, parecía haber complicado todavía más la vigencia del mundo unipolar).

miércoles, mayo 11, 2016

LA FRACTURA GEOPOLÍTICA DE SUDAMÉRICA EMPIEZA EN BRASIL


Por Rafael Bautista S.
 Si la diplomacia abierta está diseñada para el consumo informativo (pues algo se tiene que informar), la política exhibida mediáticamente está concebida para moldear opinión pública. Ninguna tiene, como misión, orientar y, menos, generar una relación crítica con los hechos políticos (el nuevo circo romano es virtual); lo que se informa no contiene nada que no sea lo permitido por la función asignada, es decir, lo que se sabe es apenas lo que una administración selectiva de información permite saber (este control, por supuesto, no es del todo perfecto; su éxito es proporcional al grado de domesticación producida). La interpretación de los hechos políticos son, de ese modo, circunscritos dentro de los márgenes permisibles que establece un poder estratégico que sabe la importancia del manejo de la información.
La diplomacia abierta es un concepto que sintetiza la visión aristocrática de la democracia moderna: el pueblo no tiene por qué saber lo que realmente está en juego. El pueblo obedece, no decide. Quienes deciden son los protagonistas de la diplomacia profunda y son los artífices de la política real. Lo que se ve es apenas el teatro mediático, la tragicomedia política; pero la trama, el argumento y el meollo del asunto, no pueden exhibirse, ni siquiera en el propio desenlace. Porque descubrir esto es revelar los propósitos del nivel profundo y esto significa desenmascarar al poder detrás del trono.
Hoy en día, la mediocracia ha monopolizado toda mediación entre individuo y realidad, haciendo de la opinión pública su patrimonio privado. La información se ha convertido en un recurso estratégico de control político, haciendo de ésta la marca registrada de todo fenómeno comunicacional; pero no es la información, en sí, lo que produce conocimiento, sino la reflexión que tematiza el sentido que contiene la información; tampoco es el contacto directo con los hechos lo que permite comprensión sino el tener perspectiva, así como la objetividad no se mide por la neutralidad sino por los criterios éticos que se asume. Entonces, para tener una visión clarificada de los acontecimientos, hay que superar el cerco mediático y desenmarañar los contenidos informativos que propaga la prensa y, de los cuales, ni ella misma es consciente.
Lo que sucede en Brasil no puede sopesarse a partir de lo que se exhibe mediáticamente; esa información sólo produce confusión y no permite entrever lo que realmente está en juego. Las denuncias de corrupción gubernamental es un teatro montado para los ingenuos en geopolítica, que es el modo cómo se está definiendo la nueva reconfiguración global. En ese sentido, la posible destitución de la presidenta Dilma no está lejos de todo lo que ha venido aconteciendo desde el golpe en Honduras y Paraguay.
Bajo la nueva nomenclatura implantada por las guerras de cuarta generación, un golpe de Estado puede ahora prescindir del uso de la fuerza militar. El “impeachment” es una nueva modalidad del concepto de “golpe suave”, que se impone el “smart power” como una forma de reducir las expectativas democráticas de los pueblos, sin alteración del orden constitucional y promovida por la propia institucionalidad democrática. Lo que pareciera un contrasentido no es más que la constatación de una capitulación jurídica que la izquierda continental no ha sabido tematizar.
Algo que la visión economicista de la izquierda latinoamericana no entiende es que el neoliberalismo no es simplemente un modelo económico. No es políticamente que el neoliberalismo penetra en nuestros Estados sino jurídicamente. La doctrina del shock nos muestra cómo el dogma neoliberal penetra en nuestras sociedades pero no nos enseña cómo llega a encarnar en la estructura misma del Estado. Lo que sucede en Brasil es muestra del modo cómo el régimen normativo de los Estados es capturado por el concepto de derecho que patrocina la actual hegemonía financiera del dólar-centrismo.

martes, febrero 23, 2016

EN HOMENAJE A LAS SEIS VICTIMAS DEL 17 DE FEBRERO DE 2016


¿EMPATE TÉCNICO O CATASTRÓFICO?
Por Rafael Bautista S.
Nunca como ahora tuvo tanta pertinencia aquella desafortunada invención de nuestro vicepresidente. Pues si el supuesto empate tiene sabor a derrota, entonces la figura del “empate técnico” es sólo un amargo consuelo (pretendiendo hacer de la derrota empate, lo técnico resulta una mera alquimia que sueña convertir plomo en oro). Nunca la retórica del empate se hace tan amarga como cuando se pretende disfrazar una derrota que confirma la no correspondencia entre la realidad y su interpretación. En ese sentido, lo técnico encubre una catástrofe: el gigante de bronce se descubre con pies de barro. Marx decía que la historia se repite dos veces, una como tragedia y otra como comedia. Lo que no dijo es que la comedia no es tal para el que la sufre; la tragedia continúa y hasta con más saña (por eso la historia está para aprenderla, no sólo para citarla).
El “empate catastrófico” que acuñó el vice disolvió –aquél entonces– la hegemonía popular en una capitulación al orden instituido. Sucedió como en nuestro futbol: cuando íbamos ganando, el d.t. resuelve replegarse y actuar a la defensiva; por “cuidar” el resultado se pierde. Eso delata un proceder conservador. Y eso sucedió con la Asamblea Constituyente; no sólo cuando se recorta su conformación popular sino cuando se la desconoce y el orden instituido (gobierno y partidos tradicionales) se sobrepone por sobre la Asamblea Constituyente, es decir, por sobre el nuevo orden constituyente, y realiza 144 modificaciones a la nueva constitución política que debía dar nacimiento al Estado plurinacional. Ya dijimos que eso se trataba de un coup d’Etat (http://rebelion.org/noticia.php?id=136618); pues de ese modo se desplazaba al sujeto plurinacional y lo democrático y revolucionario del “proceso de cambio” quedaba domesticado bajo las prerrogativas de la recomposición liberal del Estado colonial. Lo catastrófico no era un tal supuesto empate sino la capitulación hecha por un sujeto sustitutivo que, a nombre del pueblo, raptaba el poder popular para legitimar un nuevo proyecto elitario.
El termidor de la revolución había aparecido y la tensión conservadora, ahora con retorica plurinacional, convertía la gesta popular en una aventura hasta personal. Ahí nace el “evismo”, que en realidad es un alvarismo, pues el culto a la personalidad es siempre un recurso señorial que digita el poder detrás del trono; el liderazgo se hace aparente porque lo hace dependiente del culto que se le prodiga (el hombre le hace caricias al caballo para montarlo). El poder ahora lo ostenta el adulador, no el objeto de la adulación, pues ello le genera una suerte de viciosa dependencia (la política, no en vano, está lleno de llunq’us, los que se humillan primero para humillar después). Por eso está escrito: “si quieres destruir a alguien, llénale de honores”. No hay mayor daño a un líder que el mimo continuo y la lisonja exagerada. Se genera el síndrome del rey cercado:
El séquito eleva al rey a condición divina porque su presencia es lo único que garantiza la existencia del séquito (ya que sin el rey son nada). El rey se hace omnipotente pero necesita del séquito, y el séquito necesita un rey dependiente. Por eso lo aísla y lo envuelve; de modo que todo lo hacen por él y, de ese modo, el rey ya no ve con sus ojos sino con los ojos del séquito, ya no escucha sino con los oídos de ellos; su contacto con la realidad está mediado por esa presencia que más le envuelve cuanto más lo endiosa. Pero el rey no es dios y, cuando esto se hace evidente, es cuando el rey ya no le sirve al séquito; entonces lo sacrifican y hasta lo elevan al martirio. De ese modo aparecen incólumes, haciendo del rey el chivo expiatorio que cargará con todas las culpas y todos los pecados; mientras el séquito, limpio e inmaculado, salvado por la sangre del inmolado, se dedicará, otra vez, a buscar un nuevo rey.

jueves, febrero 04, 2016

¿FIN DE CICLO O CICLO DEL FIN?

Por Rafael Bautista S.
Una grandilocuente narrativa invade los cielos que habían proyectado los procesos populares en Latinoamérica. Se anuncia su ocaso a los cuatro vientos. Los analistas dicen amen y los medios dirigen las endechas anticipadas de un velorio que creen inminente. Pero se olvidan de algo: lo que vivimos No fue un ciclo. El estribillo de los ciclos son recurrentes en una visión anquilosada de la historia (de leyes metafísicas que sostienen una regularidad más allá de la praxis humana) propia de la izquierda del siglo XX y ahora, al parecer, de lo que queda de la derecha reciclada; lo cíclico es, más bien, esa visión que sirve de muletilla a pronósticos oraculares travestidos de análisis político. De lo que se trata es siempre de darle una direccionalidad a los acontecimientos, lo cual ya significa determinar el sentido de estos. Por eso la historia no es lineal y no se compone de ciclos, estos son apenas una percepción esquemática de las coyunturas. La historia, en cuanto patrimonio humano, es siempre creación histórica y no simple medición cronológica, es decir, es el escenario en que la libertad humana desafía toda regularidad.
Lo que pretende la narrativa del fin de ciclo es, de modo premeditado, disolver el horizonte de referencia emancipatoria propuesto, sobre todo, por los pueblos indígenas; porque aquella señalación maniquea que se hace de los gobiernos, busca disolver en su ambiguo desempeño los nuevos contenidos que, como proyecto político, constituían la novedad que hizo tambalear las certidumbres propias de la política y del Estado moderno-liberal.
Reducir todo a los erráticos desempeños gubernamentales es disolver la misma potencia revolucionaria popular en los avatares de su élite circunstancial. Por eso la narrativa del fin de ciclo es más que una descripción, porque actualiza aquella retórica aristocrática que condena toda rebelión popular como deicidio, para así justificar su persecución y aniquilación. Eso desde Cicerón (contra Catilina) hasta Margaret Thatcher y la doctrina Bush (el mismo Popper se dedicó a demonizar a los que querían el cielo en la tierra; esos utópicos son ahora los populistas, los que encienden las demandas populares; contra estos va dirigida la nueva cruzada en forma de narrativa). La consigna neoliberal de “no hay alternativas” fue sólo posible destruyendo toda otra alternativa. Sólo de ese modo pudo haberse impuesto la cultura neoliberal en el imaginario social del individuo moderno (que no admite perdedores, sólo ganadores).
Aunque se crea libre y forjador soberano de su destino, sigue haciendo de la tragedia griega la escenografía de su propia fatalidad: la libertad es sólo posible mientras los dioses duermen. El caso de Grecia es más que casual. Ya no son los dioses del Olimpo o el dios de la cristiandad sino el dios capital y el mercado (ante los cuales se inclina toda la institucionalidad financiera –como la Troika, que poco le importa el pueblo, la democracia o la justicia– que religiosamente ofrece cuotas de sangre al apetito insaciable de los nuevos ídolos modernos). Ante estos continua el sacrificio inevitable de una humanidad rehén de poderes omnipotentes que actúan al margen de la propia vida.
La narrativa impuesta es parte de la normalización que impone un mundo que se resiste a otro orden que no sea el que impone la supremacía única de USA. Esta es la doctrina que prevalece entre los neocons o halcones straussianos, como única política exterior gringa. Por eso el fin de ciclo no se dirige sólo a Latinoamérica sino también a los BRICS, en especial a Rusia y China y a toda otra disidencia que pretenda objetar la supremacía gringa: se acabó el recreo, o capitulan o los aplastamos. Se trata de sobrevivencia cruel. El mundo ya no es unipolar y, aunque ahora tripolar (después del revés ruso en Ucrania y Siria, y la admisión del FMI del yuan como cuarta divisa de reserva mundial), la actual guerra fría (sobre todo financiera, como guerra de divisas) está reconfigurando la nueva cartografía geopolítica global, hacia una multipolaridad que podría desembocar en una ceropolaridad. El desafío de esto consiste en que, sin centro único, el equilibrio dependería de la complementariedad de apuestas civilizatorias sin pretensión hegemónica.

sábado, abril 11, 2015

BOLIVIA: ¿EL FIN DE LA HEGEMONÍA?

Por Rafael Bautista S.

A propósito de evaluar las últimas (e)lecciones subnacionales, conviene precisar el sentido mismo de la evaluación. Pues en eso consiste la crítica; que no es criticonería cómoda de la indiferencia (común a los analistas) sino, ante todo, evaluación. La crítica es evaluativa porque no parte desde un afuera neutral sino desde el compromiso común que no busca destruir sino construir. Ese compromiso nos compromete en un mismo horizonte, de donde se deducen principios y valores, desde los cuales la crítica tiene sentido; ese horizonte nos proponía el “vivir bien”, la descolonización, el Estado plurinacional, etc. La dirección y la consolidación de ese horizonte es lo que empezó a marcar las distancias. Pues si en el destruir un orden dado, todos estamos de acuerdo, en el construir un nuevo orden es donde aparecen inevitablemente las diferencias. Construir ya no es tan fácil y en esa apuesta se ve que no todos buscábamos lo mismo que pregonábamos. Detengámonos entonces en las lecciones que se deducen de la última elección.
Cuando la historia se repite es porque no se aprende nada de ella. Pues, de nuevo y como por una maldición, el triunfo nacional no se tradujo en victorias locales. La anterior experiencia ya debía haber servido para evaluar un proceder que coincidía más con el “mandar mandando” que no con el “mandar obedeciendo”. El tufillo soberbio del triunfo de la segunda elección presidencial descalificó una necesaria autocrítica a nivel oficial y, en consecuencia, vino la sorpresa –o el revés– de las elecciones subnacionales. Lo mismo sucedió ahora.
Al parecer este proceder empieza con la apertura de la nueva constitución, después de haber sido aprobada en Oruro. ¿Qué significaba eso? Que el poder constituido se sobreponía sobre el nuevo poder constituyente y se reponía a costa de éste, es decir, lo que debía ser transformado transformaba el nuevo proyecto estatal a imagen y semejanza del carácter colonial del Estado liberal. Para ello debía de operarse una sustitución: se desplazaba al sujeto plurinacional y, en su lugar, se imponía un sujeto sustitutivo, que se hacía con las riendas del proceso de cambio; éste ya no era más un proceso constituyente sino la máscara de un mismo ciclo estatal.
Esto tenía todos los sabores de un golpe de Estado, es decir, se arrebataba el poder constituyente para reconstituir los viejos poderes, sacrificando al propio proceso constituyente y, en consecuencia, al sujeto constituyente, o sea, al sujeto plurinacional. Por eso el gasolinazo y el TIPNIS no eran episodios marginales sino que ellos demostraban el abandono del horizonte constituyente que había propuesto el sujeto plurinacional y, desde el cual, tenía sentido un proceso de cambio en torno al “vivir bien” y la constitución de un Estado plurinacional.
Abandonado el horizonte se explica la devaluación de la política en el inmediatismo y el electoralismo. Cuando ya no hay horizonte entonces deviene la instrumentalización de la política y todo consiste en preservarse en el poder. Por eso ya no convenía “mandar obedeciendo”. Este sujeto sustitutivo no es el sujeto plurinacional, por eso tampoco en su horizonte se vislumbra el “vivir bien” sino el desarrollismo más capitalista. No es capaz de superar los prejuicios de la izquierda del siglo XX y sigue creyendo que el capitalismo es la etapa desarrollista necesaria para alcanzar el socialismo. Esa creencia le oculta los efectos suicidas que produce la lógica del capital y que se traduce ahora en crisis climática.
Si no tiene conciencia ecológica es difícil que apueste al “vivir bien”; pues sigue creyendo que, para lograr riqueza, hay que “dominar” a la naturaleza. En el fondo, sigue siendo capitalista sin darse cuenta. Por eso, en su idiosincrasia, lo indio que tenemos debe abandonarse y todo lo que proviene de lo indígena debe quedar atrás en el tren del progreso y el desarrollo. No cree en lo suyo, por eso lo condena, y apuesta por el mundo que ha producido el dominador. Quiere ser eso. Por eso adopta su política. Si luchaba contra el poder no era para democratizarlo sino para hacerlo suyo. Por eso desconfía de su propio pueblo; pues si él se considera la sede del poder entonces debe desconocer a la verdadera fuente del poder político. Por eso él se pone como sujeto sustitutivo y desplaza al verdadero sujeto de la revolución y lo reduce a un simple “obediente”. Por eso cree que puede moldearle a su antojo.
La (e)lección pasada contiene esa paradoja no resuelta. Hegemonía no consistía en el control absoluto sino en la capacidad de congregar a todos en un mismo horizonte común. Una política de Estado a largo plazo es sólo posible desde esa capacidad. Es cuando el todo de una nación apuesta al proyecto que ella misma se plantea como su proyecto verdadero; por eso está dispuesta a cambiar el sistema de creencias que le sostenía y apuesta por uno nuevo. Sólo en ese sentido, el “vivir bien”, adquiría significado pleno. Pero cuando éste es una pura bandera de la reposición del mismo Estado que se pretendía transformar, entonces desaparece aquella base de nueva disponibilidad común.
Hegemonía no quiere decir dominación. La dominación aparece cuando la hegemonía no puede consolidarse. Hay hegemonía cuando el proyecto propuesto congrega y converge al todo de la nación en un destino común. Sin hegemonía, el proyecto propuesto no se hace efectividad, pues su legitimidad se vacía. Pero cuando, discursiva y prácticamente, el proyecto no es capaz de congregar, entonces sucede la tentación de la imposición. Entonces ya no se piensa lograr hegemonía sino simple dominación.
En el campo político, consolidar hegemonía es fundamental, porque lo otro es la guerra, y allí sólo hay destrucción. Consolidar hegemonía no sólo es entendible sino hasta deseable; en política, lo real se mide por la mayor legitimidad que se logre. Eso es lo que quiere decir la frase de Hegel: “todo lo real es racional y todo lo racional es real”. En política, lo racional es la legitimidad y sólo cuando hay legitimidad, algo es real. La falta de legitimidad de un Estado produce su irrealidad, aunque exista como institución (acaba siendo un “Estado aparente”). El fundamento racional de toda legitimidad consiste en el acontecimiento originario intersubjetivo de dotarse, una comunidad política, de un proyecto de vida. Este acontecimiento intersubjetivo se produce históricamente, y es adonde concurren las subjetividades para transformarse en sujeto histórico, o sea, en pueblo.
Pero la hegemonía absoluta, aunque deseable, es imposible fácticamente. El querer realizarla es lo que acaba por vaciarla. La hegemonía deviene en pura dominación; y en eso consiste la expropiación de la decisión. El pueblo ya no decide, sólo acata y obedece. La democracia neoliberal se sostiene en ese artificio; expropiada la decisión, el voto ya no decide, sólo confirma lo que ya se ha decidido. Pero eso es imposición pura. Cuando ya no hay legitimidad horizontal, o sea, hegemonía, entonces no queda otra que la dictadura. La carencia de perspectiva conduce a aquello, porque toda hegemonía se produce en el tiempo estratégico; cuando hay perspectiva hay horizonte, con proyección hay visión y sabiendo mirar a lo lejos aprendemos a mirar, de mejor modo, lo que está cerca. Para saber por dónde vamos tenemos que tener muy claro a dónde nos dirigimos. Sin perspectiva no hay siquiera conciencia del lugar que ocupamos ahora.
Hegemonía es dirección y, en política, si no hay dirección hay caos. Pero confundir, hegemonía con dominación, supone una concepción devaluada del poder. Si todavía se cree que el poder es algo que se le sustrae al pueblo, o aquello que el pueblo concede (y renuncia) de modo definitivo, entonces lo que sucede es una “expropiación de la decisión”. Pero si la decisión es expropiada en beneficio de una elite entonces ya no hay legitimidad real.
El pueblo ya no decide, sólo confirma una exigua legitimidad vertical (dirigencias cooptadas). El político weberiano concibe el poder de ese modo, como el “dominio legítimo ante obedientes”; por eso no ve en el pueblo a un sujeto sino a un objeto, por eso no quiere actores, sólo obedientes, cree que el dominio es algo legítimo, por eso no duda en imponer sus pareceres desde “arriba”. Una vez que el pueblo le ha delegado su poder, cree que puede ejercerlo de modo impune, sin tomar en cuenta a los demás y sin tener que rendir cuentas a nadie. Así empieza la fetichización de la política: el asalto del poder. Pero, si el pueblo es la sede soberana del poder, la primera y última sede de todo poder, ¿qué quiere decir “asaltar el poder” sino asaltar al pueblo mismo?
Entonces, el afán de querer el poder absoluto logró confundir hegemonía con dominación. Si ya no se puede convencer sólo queda el vencer. Pero, después de haber derrotado el proyecto de la oligarquía, la verdadera victoria ya no quería decir aplastar a alguien sino el ya no tener que aplastar a nadie. En la lógica de vencer hay que vencer a todos, en consecuencia, uno se queda solo. Y así se queda quien pretende el poder absoluto. Porque por querer tenerlo todo, acaba no teniendo nada.
Lo grave, en esa apuesta, es que arriesga el proyecto que lo llevó al poder. Por eso no había nunca que confundir: ni el MAS ni el gobierno son el proceso de cambio. Eso llevó a creer que defender al gobierno era defender al proceso de cambio, que sin el MAS no había tal proceso. Eso hizo del liderazgo un puro culto a la personalidad.
Por eso el fracaso del MAS en las últimas elecciones no puede significar, lo que ya anuncian los agoreros: “el comienzo del fin del proceso de cambio”. La implosión en Venezuela no es aislada, también sucede en Argentina, en Brasil, en Ecuador y en Bolivia; lo cual no es sólo imputable al Imperio sino también al devaneo ideológico que han adquirido nuestros procesos. El abandono de proyección estratégica civilizatoria y la ausencia de conciencia geopolítica, están conduciéndonos a la inanición revolucionaria; lo cual hace que nuestros gobiernos ya no actúen de modo proactivo y diluyan el contenido propositivo de una verdadera liberación. Por eso el pragmatismo prima y la política se vuelve puramente instrumental. Por eso en las últimas elecciones no había discusión ideológica y todo consistía en ofertas y demandas de carácter puramente mercantil. Por eso reencauzar el proceso tiene hoy más sentido que nunca.

La Paz, Bolivia, 1 de abril del 2015
Rafael Bautista S.
autor de “la Descolonización de la Política.
Introducción a una Política Comunitaria”,
Plural editores, la Paz, Bolivia
rafaelcorso@yahoo.com


miércoles, diciembre 24, 2014

¿DEL BLOQUEO A CUBA AL BLOQUEO DEL ALBA?

 Por Rafael Bautista S.
Si el propósito del bloqueo a Cuba fue aislar a esa revolución y, de ese modo, condenarla a la inanición; el reciente anuncio de apertura de relaciones bilaterales entre USA y Cuba, ¿es el fin del bloqueo o el anuncio de uno nuevo? Porque a partir de la caída del precio del petróleo, la nueva contraofensiva occidental (contra los BRICS) contempla un nuevo bloqueo en ciernes; no se trata sólo de una guerra declarada contra Rusia e Irán, sino también contra Venezuela (y, en definitiva, contra el ALBA). Como consecuencia del desplome inducido del petróleo, la revolución bolivariana parece perfilarse hacia otra inanición, coadyuvada esta vez por una jugada geopolítica maestra de Washington; pues el discurso antimperialista de Maduro se desinfla una vez que Cuba “normaliza” sus relaciones con el Imperio.
En toda jugada estratégica, hay siempre un tercero, pero en el caso presente, ya no se trata sólo de Venezuela sino de todo el ALBA, pues esta decisión no sólo descoloca a los gobiernos de la región sino que nos muestra que, en definitiva, más allá de la retórica integracionista, prima demasiado la sobrevivencia propia. Desgraciadamente esa es la tónica en toda nueva reconfiguración geopolítica global; todo se trata de sobrevivir en un nuevo orden. Eso lo sabe muy bien el Imperio, por eso prefiere la bilateralidad y no tratar con bloques conjuntos (que era a lo que apuntaba la creación del ALBA). Más allá del triunfo moral que representa, para la isla, la admisión del fracaso de la política gringa con respecto a Cuba, llama la atención el desconocimiento que los gobiernos del ALBA tenían al respecto y, más aun, el “oportuno” anuncio de Obama, en medio de dos cumbres latinoamericanas importantes. Aunque no significa el fin del bloqueo a Cuba, en las palabras del presidente Maduro –en el MERCOSUR– se podía conjeturar lo bloqueada que quedaba, con esa decisión, Venezuela (¿será que para desbloquearse hay que bloquear a otro?).
Para colmo, el silencio de Fidel hace más incómodo el asunto (¿también habrá sido sorprendido como lo fue Maduro?); pues si ya se sabía del pragmatismo político que venía mostrando el gobierno de Raúl Castro, nadie podía sospechar un acuerdo de tal magnitud y, sobre todo, envuelto en medio de una guerra híbrida que patrocina Washington, valiéndose de toda su infraestructura financiera global. ¿Se precipitaron los presidentes o todo formaba parte de una estrategia que preparaba USA después de que China le arrebatara la iniciativa del libre comercio en el pacífico? Recordemos que el reciente “Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico”, culminó con la creación del “Área de Libre Comercio Asia-Pacífico”, donde China sienta hegemonía incluso con los países del TPP y de la Alianza del Pacífico (bastiones de USA contra el ascenso chino).

martes, noviembre 11, 2014

BOLIVIA: EL DESAFÍO DESPUÉS DEL TRIUNFO

Por Rafael Bautista S.
 Nadie podría negar el hecho de que Bolivia se ha vuelto un referente a nivel ya no sólo regional; lo cual ha permitido que las ideas que emergen del “proceso de cambio” repercutan de modo positivo en ámbitos hasta académicos. La descolonización, el vivir bien y el Estado plurinacional son conceptos ineludibles a la hora de referirse a los nuevos horizontes políticos que han inaugurado los pueblos de esta parte del planeta; horizontes que llenan ahora la orfandad utópica que la crisis del primer mundo arrastra como señal de su propio eclipsamiento civilizatorio. La aparición irreversible de un embrionario mundo multipolar, muestra la decadencia, ya no sólo del capitalismo, sino del horizonte cultural y civilizatorio que le dio origen: la modernidad.
La crisis climática es la denuncia más elocuente a una racionalidad que, en cinco siglos, ha desatado una multiplicación de crisis globales que arrastra a la humanidad a un punto de no retorno. La producción y el consumo modernos se hacen irracionales a la luz de la constatación de la finitud de los recursos naturales. La naturaleza no es infinita, es sujeto, Madre, en consecuencia, es un ser vivo y tiene derechos. En ese sentido, el “vivir bien” no es un slogan sino lo que se deduce de una relación de respeto y equilibrio entre ser humano y naturaleza: de la vida de la Madre depende la vida de los hijos. Una economía que, para producir debe constante y sistemáticamente destruir la fuente de donde emana todo lo que sirve para vivir, es una economía suicida; se vuelve una economía de la muerte. La forma de vida que patrocina esa economía es sólo vida para la codicia de algunos (el 1% rico del planeta) pero muerte para todos, incluida la naturaleza.
Lo que emana de Bolivia se refuerza políticamente por eventos como el que se vivió en las pasadas elecciones. Una vez más el compañero-presidente Evo Morales es depositario de la confianza del pueblo boliviano por una amplia mayoría y será cabeza estatal hasta el 2020. Pero pasado el triunfo, conviene la reflexión meditada de lo que se viene; pues si la primera gestión de gobierno estuvo amenazada por la resistencia fascista conservadora, la segunda se caracterizó por serias contradicciones que emanaron del propio gobierno y que dieron lugar, en esta última elección, a una disminución considerable del voto. No se trata de una “aplastante victoria”, pues los porcentajes bajaron considerablemente en el occidente del país (donde el MAS pasaba del 70% ahora sólo pasa del 60%), lo cual merece una detenida mirada de carácter estratégico, pues esta tercera gestión debiera de resolver las contradicciones que envolvieron la última gestión estatal.

domingo, junio 01, 2014

HACIA UNA GEOPOLITICA DEL MAR, DEMANDA ANTE LA HAYA

Por Rafael Bautista S.
La demanda boliviana que será interpuesta ante La Haya –aplaudida en los cuatro rincones de nuestra patria– adolece, sin embargo, de un detalle que no es menor. Y en la exposición de ese detalle es que nos permitimos llamar la atención, no sólo del gobierno, sino de la “nueva disponibilidad común” que se ha producido en torno a nuestra indeclinable reivindicación marítima.
Todas las apuestas del Estado boliviano han apuntado siempre a diluir el asunto en estrategiasjurídicas que no hacían otra cosa que asumir, de principio, la vigencia y legitimidad de los tratados emanados de un factum inadmisible: el derecho fundado en la victoria. Aquella asunción significaba admitir la legitimidad jurídica del factum mismo: la invasión chilena al Litoral. Asumir como realidad, incluso jurídica, el factum que asume el vencedor como legitimación de su derecho es lo que nunca cuestionó la diplomacia boliviana; en consecuencia, aunque demandara la desposesión, afirmaba –muy a pesar suyo, porque partía de esa aceptación de hecho– el derecho del vencedor.
El Estado señorial hereda, de ese modo,un fracaso que desnuda el poder aparente que ostenta: la subordinacióna lo extranjero es lo que remata su vocación entreguista. De aquello se deriva la mezquindad de sus apuestas. Después de arrebatado el Litoral por invasión, se lo vuelve a perder en lo jurídico, admitiendo un factum que significaba la renuncia propia al territorio y la exculpación de la complicidad oligárquica. La continuidad señorialistasignificaba la exculpación de su fracaso histórico.
Si alguna dignidad poseía elEstado vencido no podía jamás admitir que los derechos de su nación quedaban conculcados por aquella invasión; desde entonces, no hay demanda boliviana que haya denunciado el “derecho” que reivindica el agresor. Así fue hasta la postura que asume nuestro presidente en la última reunión de la CELAC.
Toda remisión jurídica caía en la trampa de renunciar al derecho propio y consintiendo el “derecho” que imponía el vencedor como base de toda negociación; de ese modo el vencido legitimaba su condición impuesta.Por eso ninguna demanda boliviana podía jamás prosperar, a no ser por renunciar a algo más, es decir, a ofertarse todavía más sin siquiera resarcir soberanía sobre lo despojado.
El Estado chileno generó las condiciones para esa subordinación, lo cual significa que antes y después de la invasión a nuestro Litoral, la influencia chilena era un hecho entre las elites bolivianas. Influencia que hace escuela en la elite política; no otra cosa son las declaraciones de Víctor Paz, en pleno neoliberalismo, afirmando que el comercio con Chile es “muestra de reciprocidad entre dos pueblos hermanos” (como si el comercio lo dirigieran los pueblos). Esa suerte de entreguismo vocacional es lo que usufructuaron otros, en desmedro siempre nuestro. La xenofilia de las elites fue lo que afirmó el carácter periférico de la política boliviana.
Si toda apuesta boliviana fracasa, es porque nunca se generó las condiciones para remontar la dependencia, de modo que se pueda tener márgenes soberanos de negociación. No es lo mismo negociar suplicando favores que reclamando deudas(más aun si se cuenta, no sólo con la verdad, sino con medios de presión). La posición boliviana siempre fue ratificar las condiciones que impuso el Estado chileno, de modo que su margen de acción era casi siempre nulo.
De lo que adolece la demanda actual, es que nace huérfana (replicando la historia anterior) si no es acompañada por una decidida política de Estado que genere las condiciones para remontar definitivamente las prerrogativas chilenas. Si toda tratativa era acompañada por condiciones siempre desfavorables para nosotros, lo que ahora sensatamente se debiera promover es un contexto distinto, donde las condiciones impuestas por el Estado chileno, ya no sean el límite infranqueable de toda negociación. Aquí es donde la geopolítica cobra relevancia.

LA MALDICIÓN QUE ARRASTRAN LOS IMPERIOS

  Por Rafael Bautista S.
Un nuevo éxodo acontece en el siglo XXI, quizás de mayor trascendencia que aquel que inaugura la historia de las liberaciones. Antes se trató de una salida, ahora la salida ya no es posible (posible es la liberación de los pueblos, inminente la caída de la otrora potencia unipolar y apremiante un nuevo orden mundial). El poder imperial se ha magnificado y ensoberbecido, pero eso no le hace más poderoso sino más vulnerable; por eso inaugura su decadencia con el derrumbe de sus santuarios: precipitando sus torres (de Babel), precipita su propia caída. La salida ahora se expresa como retorno; no sólo por la privatización y mercantilización de la vida y del planeta, sino por devolverle al mundo, y a nosotros, el equilibrio destruido en cinco siglos de explotación inmisericorde e irracional. No hay salidas: nuestro mundo es uno solo. Pero hay alternativas. Si el capital es la muerte, la alternativa es la vida: la vida de la humanidad y la vida de la naturaleza. Por eso tiene sentido el retorno; si el desarrollo que nos promete el primer mundo nos conduce al suicidio, la revolución consiste en frenar esa carrera insensata: si ya no se sabe hacia dónde se va, es menester hacer un alto, darse la vuelta y ver de dónde se ha venido. Retornar quiere decir: recuperar los caminos que, como humanidad, habíamos perdido (en cinco siglos de empoderamiento del sistema-mundo moderno). Si lo que propone el primer mundo es vivir mejor; la pregunta inevitable es: ¿mejor que quién? Cinco siglos de modernidad responden: mejor que el resto del mundo; por eso enjuiciamos, de modo categórico, al “desarrollo” moderno: ese “desarrollo” es subdesarrollo nuestro, la riqueza del primer mundo es miseria para el resto del mundo, el precio de esa riqueza es la muerte de la humanidad y de la naturaleza.
Pero el imperio no escucha y, en esa sordera, precipita su propio derrumbe. Así como se endureció el corazón del faraón, así se endurece el corazón del imperio; y todas las plagas que provoca son plagas que salen de su boca. La primera plaga hiere al río Nilo, cubriéndolo de sangre; lo que era objeto de culto, para los egipcios, se derrumba ante sus propios ojos (el Nilo era considerado una divinidad; la vida provenía de sus aguas, que llenaba de verdor el desierto inmediato al río). Si el objeto actual de culto es el dólar, ¿qué representa la crisis financiera? Si el poderío militar gringo era el alarde imperial, ¿qué significan las derrotas en Irak y Afganistán? Si el control del petróleo del Medio Oriente era la garantía de la hegemonía norteamericana, ¿qué significa la pérdida de ese control? Para decirlo en los términos que le gusta al fundamentalismo gringo, en lenguaje apocalíptico y milenarista: ¿no estaremos presenciando la primera de las plagas que inaugura el colapso del imperio?
La narración mítica que evoca la liberación de los esclavos despierta, en la historia posterior, sólo la decrépita fetidez de la decadencia del imperio egipcio. Ya nadie rememora su esplendor, pero todos rememoran los milagros de la liberación; es decir, lo que permanece, en la historia, no es el imperio aquél sino la liberación de los esclavos. Después de aquello, Egipto nunca volvió a recobrar el esplendor milenario del imperio más antiguo de la historia de la humanidad. Babilonia corrió también una suerte parecida, la misma que arrastra a Roma (el paradigma moderno, pues hasta en su arquitectura, siempre busca evocarla). Es una maldición que arrastran los imperios. Semejante destino replican aquellos que se alzan en la época moderna: son gigantes de bronce con pies de barro. Por eso su decadencia es siempre interna. El peso de su poder se hace tan descomunal que, precisamente, ese peso, los desmorona por dentro. Pero no es sólo un peso físico (militar por ejemplo), sino el peso de la arrogancia y la soberbia: escupen a los cielos sus propósitos perversos quienes en la tierra se alzan como si fueran dioses. España fue imperio alrededor de tres siglos, Inglaterra logra su hegemonía mundial por casi un siglo, Estados Unidos apenas supera el medio siglo pero, ya en plena decadencia, arrastra esa maldición como penitencia. ¿Presenciaremos en sus demenciales apuestas bélicas la catastrófica caída del imperio más soberbio en la historia de la humanidad?

sábado, mayo 31, 2014

EL G77 Y LA DESCOLONIZACIÓN DE LA GEOPOLÍTICA

Por Rafael Bautista S.
Las recientes crisis en Ucrania y Siria manifiestan la compleja transición hacia un mundo sin centro hegemónico único; lo que se está denominando el “incipiente mundo multipolar” (las áreas en disputa manifiestan esta tónica). El siglo XXI amanece con un nuevo mundo emergente que ya no presupone, ni cultural ni civilizatoriamente, la hegemonía occidental. El “gran relato” neoliberal del “fin de la historia” se hizo pedazos el 11 de septiembre de 2001 y su última cruzada, llamada el “choque de civilizaciones”, es derrotada en Siria y Ucrania. Es decir, el fenómeno de la colonización, consustancial al mundo moderno, empieza a desmoronarse en el nuevo siglo. Incluso las nuevas potencias emergentes, si optaran por asegurarse áreas de influencia, ya no podrían hacerlo según las prerrogativas que adoptaron las potencias occidentales cuando se repartieron el África y el Oriente. La sobrevivencia de un mundo multipolar pende del siguiente detalle: los términos en que se expresen las alianzas geopolíticas sólo podrían cimentarse en una cooperación mutua y estratégica y ya no en exclusivas relaciones de dominación.
Las últimas bravuconadas que Occidente despliega bélicamente no hacen sino mostrarnos su decadencia profunda. Ya no pudo invadir Siria, y eso le está costando, no sólo credibilidad sino, sobre todo, la desconfianza en su capacidad militar. Incluso podría decirse que el 3 de septiembre de 2013 se evitó la tercera guerra mundial, cuando el sistema de defensa aéreo ruso S300-PS, desde la base de Tartus, en Siria, intercepta y destruye misiles tomahowks (lanzados desde la base gringa de Rota, en la bahía de Cádiz), que tenían como destino Damasco. Desde entonces queda demostrado que los rusos han recuperado su importancia militar; lo cual equilibra un mundo que había sido capturado por USA (según Ehud Barack, exministro de asuntos militares de Israel, eso debilita a USA en todo el mundo). Desde el triunfo de Rusia ante Georgia, por Osetia del Sur, el 2008, puede decirse que la geopolítica del siglo XX ha sido dislocada en favor de una nueva reconfiguración planetaria.
En Ucrania termina de rematarse la cosa, puesto que la injerencia occidental, comandada por USA, no hace sino, para su propia desgracia, acercar aún más a China y Rusia, lo cual significa, en lo venidero, el viraje definitivo de la economía mundial hacia el Oriente. El último acuerdo monumental entre Rusia y China (cuyo comercio bilateral alcanzará, para el 2020, los 200.000 millones de dólares), no sólo ratifica la hegemonía de una Eurasia oriental, en torno a la restauración comercial de la “ruta de la seda”, sino hasta posibilita que China se expanda hacia Occidente (los más que probables ejercicios militares conjuntos entre Rusia y China en pleno Mar Negro). Ni USA ni Europa tienen la musculatura, ni económica ni militar, para hacer valer sus sanciones económicas a una Rusia que, aliada de China, ya no tiene necesidad de supeditarse a un Occidente en plena decadencia.


LA GEOPOLÍTICA DETRÁS DEL SECUESTRO PRESIDENCIAL


Por Rafael Bautista S.
El secuestro europeo del avión presidencial boliviano confirma la disposición estratégica de los nuevos peones imperiales en el tablero geopolítico del incipiente mundo multipolar. También muestra la insolencia de un poder imponente que acaba en la impotencia(pues hasta sus propios agentes se le rebelan); por eso no tiene reparos en humillar a quien se le plazca y, de ese modo, exponer a los cuatro vientos el verdadero lugar que ocupa una Europa en decadencia: la nueva colonia gringa está, no sólo para sacrificarse por el dólar, sino que se presta, como lo hiciera un “housenigger” o esclavo de casa, a hacer el trabajo sucio del amo.
Después de cinco siglos, Europa regresa a su condición periférica, cuando era nada respecto del mundo civilizado que lo protagonizaban árabes, hindúes y chinos. Es gracias a la invasión y al saqueo del Nuevo Mundo que Europa se proyecta al atlántico, como eje de su nueva condición de centro hegemónico mundial. La modernidad no fue nunca otra cosa que la administración de la centralidad europeo-occidental. La II guerra mundialle sirve a USA para ser ese centro que hereda de una Europa en ruinas. En ese contexto, la guerra fría fue la tercera guerra mundial que la gana USA (y la sufren los países pobres) e impone, desde entonces, un mundo unipolar.
Pero el siglo XXI manifiesta una nueva disposición global; aquél infatuado poder y su desmedida fuerzamilitar, acabó erosionando las bases de su propia hegemonía. La decadencia actual ya no es sólo del mundo imperial sino del proyecto que hereda y encarna. Cuando expone a una Europa reducida a mero apéndice colonial de una apuesta que ya ni siquiera es “americana”, sino impuesta por burocracias privadas financieras, muestra la fisonomía de una decadencia que, en medio de la más descomunal concentración de riqueza fruto del robo, enfrenta al mundoentero comosu enemigo.
La crisis europea es apenas la escena doméstica de la nueva guerra que desata Occidente contra un embrionario mundo multipolar (que ya no se considera su “patio trasero”); no sólo contra los BRICS sino contra toda disidencia en el resto del mundo. La amenaza reclama inmediata obediencia, y lo acontecido con el secuestro del avión presidencial boliviano muestra a una Europa que, aunque acostumbrada a humillar a otros, resulta aún máshumillada en su propia casa (pues ni siquiera Alemania abrió el pico en esta flagrante injerencia gringa en plena Europa). El primer colonizador del mundo moderno acaba siendo colonia. Es decir, la otrora cuna del renacimiento y la ilustración, la supuesta misionera de la civilización en el mundo, no halla en sí más argumento que no sea la sumisióny lacapitulacióna un poder que, para colmo, se encuentra en crisis terminal. Lo que manifiesta su elite gobernante es la pérdida de respeto por sí misma.
No en vano, el presidente ruso Vladimir Putin, a propósito de la injerencia europea en Siria –donde Europa regresa a su condición de genocida, armando a terroristas para derrocar a Bashar-al-Assad y, como en Libia, imponer la gula de Occidente; y donde Rusia ha frenado las ambiciones occidentales ofreciendo a Siria los misiles tierra-aire S-300PS ante cualquier ataque foráneo (si estos misiles son letales a cualquier avión de combate gringo, inglés o francés, imaginemos su versión superior, el nuevo sistema de misiles Vitiaz)–, interpela a la prensa europea y a su propio homólogo David Cameron: “yo estoy seguro de que ustedes estarán de acuerdo en que seguramente no deberíamos ayudar a gente que no sólo matan a sus enemigos sino que además mutilan sus cuerpos y se comen sus entrañas ante el público y las cámaras.¿Es ese el tipo de gente que ustedes quieren apoyar? ¿Quieren ustedes armarlos? Si es así, parece que hay aquí muy poca relación con los valores humanitarios con los que Europa se ha comprometido y que ha divulgado durante siglos”.

¿HAY UNA VENEZUELA SIN CHÁVEZ?

Por Rafael Bautista S.
“Esta mi vida ya no es mi vida,
yo ya no soy yo,
soy todo un pueblo”
Hugo Chávez

Las preguntas que ahora abundan en las cadenas mediáticas dan cuenta de un afán solapado de discontinuidad en un proceso al cual quisieran ver concluir, de una vez por todas. La sombra de Chávez perturba, porque ya se intuye que no es, precisamente, una sombra inofensiva. Por eso hay una insistencia en matar mediáticamente al líder, y dejar a todo un pueblo huérfano en su propia suerte. Pero el pueblo no renuncia a su líder, porque sabe que lo que vive en el pueblo, no muere jamás. En ese sentido el pueblo es sabio: el deceso físico no quiere decir la muerte del líder; porque lo que éste representa excede su sola presencia.
Entonces, ¿será cierto que los muertos están muertos? Si la vida no se reduce a la pura existencia física, ¿será que la vida se acaba cuando se atraviesa el umbral de la muerte? Resulta curioso que una mentalidad dizque cristiana crea que la muerte acaba con la vida; pues todos los cálculos mediáticos y políticos que se desprenden de la supuesta “Venezuela sin Chávez”, parten de aquel supuesto. Si el supuesto fuera cierto, entonces la realidad quedaría desmentida (y la fe que tanto pregona sobre todo la mentalidad conservadora). Para desmentirla se acude a la calumnia, pero la calumnia también se engaña, pues no descubre nada sino ensucia todo; lo peor: no permite que la propia realidad interpele sus opacas certidumbres.
Si todo se acabara con la muerte, entonces la fe quedaría en nada. A propósito de la reflexión que hacían los religiosos en las exequias del presidente Chávez –y que los políticos deberían aprender a tematizar–, la muerte del líder de un pueblo es ahora motivo para cuestionar nuestras creencias y para limpiar la propia política de su anti-espiritualidad. Pues el fenómeno de la resurrección tiene que ver con el triunfo de la vida sobre la muerte, por eso dice el Evangelio (dado a los pobres): quien cree en mí tendrá vida eterna. Si eso es cierto, la muerte no es nunca el fin. Entonces, ¿cómo el muerto podría abandonar a los vivos? ¿Cómo un pueblo podría quedarse sin su líder?
Venezuela no está sin Chávez, porque Chávez está ahora más vivo que nunca. El pueblo así lo sabe, por eso los testimonios abundan: todo el amor que tenía hacia su pueblo, ya no le cabía en el pecho, por eso se le ha desbordado, para abrazar a todos. Por eso se dice que la Iglesia verdadera está en el pueblo, por eso la “buena nueva” es para los pobres, porque son ellos los “hermanos menores” que claman a los cielos por un redentor que les muestre el camino (que es siempre “camino de vida”) de su liberación. Por eso hay líder. Porque la liberación no es sólo cuestión de ideas sino de ejemplo de vida, y éste es fundamental para que las ideas hagan carne (de lo contrario las ideas se las llevaría el viento).