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domingo, junio 01, 2014

HACIA UNA GEOPOLITICA DEL MAR, DEMANDA ANTE LA HAYA

Por Rafael Bautista S.
La demanda boliviana que será interpuesta ante La Haya –aplaudida en los cuatro rincones de nuestra patria– adolece, sin embargo, de un detalle que no es menor. Y en la exposición de ese detalle es que nos permitimos llamar la atención, no sólo del gobierno, sino de la “nueva disponibilidad común” que se ha producido en torno a nuestra indeclinable reivindicación marítima.
Todas las apuestas del Estado boliviano han apuntado siempre a diluir el asunto en estrategiasjurídicas que no hacían otra cosa que asumir, de principio, la vigencia y legitimidad de los tratados emanados de un factum inadmisible: el derecho fundado en la victoria. Aquella asunción significaba admitir la legitimidad jurídica del factum mismo: la invasión chilena al Litoral. Asumir como realidad, incluso jurídica, el factum que asume el vencedor como legitimación de su derecho es lo que nunca cuestionó la diplomacia boliviana; en consecuencia, aunque demandara la desposesión, afirmaba –muy a pesar suyo, porque partía de esa aceptación de hecho– el derecho del vencedor.
El Estado señorial hereda, de ese modo,un fracaso que desnuda el poder aparente que ostenta: la subordinacióna lo extranjero es lo que remata su vocación entreguista. De aquello se deriva la mezquindad de sus apuestas. Después de arrebatado el Litoral por invasión, se lo vuelve a perder en lo jurídico, admitiendo un factum que significaba la renuncia propia al territorio y la exculpación de la complicidad oligárquica. La continuidad señorialistasignificaba la exculpación de su fracaso histórico.
Si alguna dignidad poseía elEstado vencido no podía jamás admitir que los derechos de su nación quedaban conculcados por aquella invasión; desde entonces, no hay demanda boliviana que haya denunciado el “derecho” que reivindica el agresor. Así fue hasta la postura que asume nuestro presidente en la última reunión de la CELAC.
Toda remisión jurídica caía en la trampa de renunciar al derecho propio y consintiendo el “derecho” que imponía el vencedor como base de toda negociación; de ese modo el vencido legitimaba su condición impuesta.Por eso ninguna demanda boliviana podía jamás prosperar, a no ser por renunciar a algo más, es decir, a ofertarse todavía más sin siquiera resarcir soberanía sobre lo despojado.
El Estado chileno generó las condiciones para esa subordinación, lo cual significa que antes y después de la invasión a nuestro Litoral, la influencia chilena era un hecho entre las elites bolivianas. Influencia que hace escuela en la elite política; no otra cosa son las declaraciones de Víctor Paz, en pleno neoliberalismo, afirmando que el comercio con Chile es “muestra de reciprocidad entre dos pueblos hermanos” (como si el comercio lo dirigieran los pueblos). Esa suerte de entreguismo vocacional es lo que usufructuaron otros, en desmedro siempre nuestro. La xenofilia de las elites fue lo que afirmó el carácter periférico de la política boliviana.
Si toda apuesta boliviana fracasa, es porque nunca se generó las condiciones para remontar la dependencia, de modo que se pueda tener márgenes soberanos de negociación. No es lo mismo negociar suplicando favores que reclamando deudas(más aun si se cuenta, no sólo con la verdad, sino con medios de presión). La posición boliviana siempre fue ratificar las condiciones que impuso el Estado chileno, de modo que su margen de acción era casi siempre nulo.
De lo que adolece la demanda actual, es que nace huérfana (replicando la historia anterior) si no es acompañada por una decidida política de Estado que genere las condiciones para remontar definitivamente las prerrogativas chilenas. Si toda tratativa era acompañada por condiciones siempre desfavorables para nosotros, lo que ahora sensatamente se debiera promover es un contexto distinto, donde las condiciones impuestas por el Estado chileno, ya no sean el límite infranqueable de toda negociación. Aquí es donde la geopolítica cobra relevancia.