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lunes, marzo 27, 2017

HACIA UNA GEOPOLITICA DE LA "DIPLOMACIA DE LOS PUEBLOS"

Por Rafael Bautista S.
Toda reconfiguración en el tablero geopolítico global obliga a una re-conceptualización de los términos de integración en la nueva fisonomía planetaria que diseña un nuevo orden mundial. Integrarse no quiere decir capitular sino tasar en qué medida se asegura soberanía, administrando del mejor modo posible los grados de dependencia que se hereda y se adquiere en una distribución mundial de funciones. Un nuevo orden mundial impone nuevos equilibrios, los cuales evidencian un reemplazo de poderes y, concomitantemente, una nueva distribución de las áreas geoestratégicas, que hoy en día tiene que ver –de modo más apremiante– con el acceso, explotación y distribución de los recursos energéticos.
En ese sentido, para entender un nuevo contexto, se requiere de un nuevo marco de interpretación geopolítica que pueda proporcionarnos una perspectiva estratégica en la nueva disposición del tablero global. En ese contexto es que precisamos afinar conceptualmente lo que todavía, de modo retórico, aparece como “diplomacia de los pueblos”. La nueva objetividad que han constituido los procesos populares (no tanto los gobiernos) nos encomiendan la tarea de pensar y tasar las posibilidades de irradiación del poder estratégico que emerge de una nueva cosmovisión alternativa al paradigma hegemónico (aunque ya en plena decadencia) de la visión anglosajona de las relaciones internacionales.
En ese sentido también debemos reconstituir el concepto de geopolítica; consecuentes con una descolonización en el ámbito de la producción de conocimiento, conviene aclarar cómo esto acontece en la geopolítica. Por lo general se entiende a esta dimensión, la geopolítica (infrecuente en las ciencias sociales), como la lectura política del espacio geográfico. Pero las generalidades ayudan poco; pues con definiciones laxas no se puede impulsar, de modo clarificado, apuestas políticas concretas. En el caso de la geopolítica esto es inexcusable, pues es cuestión de vida o muerte; porque se trata siempre de sobrevivir, de modo estratégico, en un nuevo diseño global. Entones establezcamos, de modo sugerente, una aproximación más explícita al contenido del concepto que requerimos, de modo urgente, en esta transición civilizatoria.
Con la decadencia de Europa y USA y, con ellos, con el desplome paulatino y sistemático del paradigma de vida moderno-occidental, conviene proponer-nos alternativas, que empiezan teóricamente en el campo epistemológico y concluyen prácticamente en el ámbito político. Cuando se critica al socialismo del siglo veinte, curiosamente, no se explicita algo que concierne de sobremanera a la reflexión geopolítica: no se puede ofrecer un diagnóstico real del mundo que vivimos con categorías provenientes del siglo pasado (que responden a un orden ya fenecido), más aún si estas categorías corresponden a la cosmovisión imperial (donde los países pobres desaparecen de toda consideración).
El por qué la geopolítica es un asunto de suma importancia para el centro del mundo, pero no así para la periferia, muestra el grado de capitulación hasta epistémica que protagonizan las elites (políticas e intelectuales) de nuestros países. Porque básicamente en la dimensión geopolítica es donde se evidencia la clasificación antropológica que presupone la dicotomía centro-periferia, como la formalización cientificista del racismo metafísico moderno, sintetizado en la primera dicotomía moderna: civilizado-bárbaro, o sea, superior-inferior.
Esa dicotomía es lo que hace posible el sistema-mundo moderno. Sin esa dicotomía, de carácter desigual, no tiene sentido la administración jerárquica, racializada y estructuralmente injusta de la centralidad europeo-norteamericana por sobre el resto del mundo. Pero ahora nos enfrentamos al desplome de ese orden, impuesto por esa centralidad. El desplome se inicia el 2001, cuando el mundo unipolar proclama la “guerra contra el terrorismo”, inaugurando el reino de la propaganda mediática o mediocracia, como parte sustancial de las guerras de cuarta generación (conocida en la actualidad como “el mundo de la post-verdad”) que profetizaba un supuesto “choque de civilizaciones”, no siendo otra cosa que una guerra declarada de la globalización contra la humanidad y el planeta.
Los incautos todavía hablan y se empeñan en formar parte de algo que ya no existe. La globalización feneció el 2008 y las plataformas políticas de Trump, Marie Le Pen y Theresa May, por ejemplo, así lo confiesan. Los líderes conservadores de USA, Francia e Inglaterra, muy a su pesar, declaran que sus propias economías son la prueba fehaciente que el neoliberalismo fue un proyecto globalizador que tenía un único destinatario: el capital financiero transnacional (que necesita la subordinación de los Estados para hacer posible su reinado). Lo que la globalización neoliberal hizo al resto del mundo, se volvió contra ellos; por eso ahora sus estrategas –entre ellos el propio Henry Kissinger– diagnostican un posible retorno a la situación que imponía el famoso tratado de Westfalia, de 1648, donde se proponía un equilibrio entre potencias, una vez desmantelado el Imperio español. Eso significa una recuperación del concepto de soberanía y un equilibrio pactado de poderes; porque lo apremiante en la situación actual es que un conflicto entre regiones puede ser más letal que una lucha entre naciones. Lo que no se atreven a decir es que la cosmogonía geopolítica del primer mundo ya no goza de legitimidad mundial y que la propia sobrevivencia de sus Estados depende, muy a su pesar, de la ya iniciada des-globalización.

miércoles, mayo 11, 2016

LA FRACTURA GEOPOLÍTICA DE SUDAMÉRICA EMPIEZA EN BRASIL


Por Rafael Bautista S.
 Si la diplomacia abierta está diseñada para el consumo informativo (pues algo se tiene que informar), la política exhibida mediáticamente está concebida para moldear opinión pública. Ninguna tiene, como misión, orientar y, menos, generar una relación crítica con los hechos políticos (el nuevo circo romano es virtual); lo que se informa no contiene nada que no sea lo permitido por la función asignada, es decir, lo que se sabe es apenas lo que una administración selectiva de información permite saber (este control, por supuesto, no es del todo perfecto; su éxito es proporcional al grado de domesticación producida). La interpretación de los hechos políticos son, de ese modo, circunscritos dentro de los márgenes permisibles que establece un poder estratégico que sabe la importancia del manejo de la información.
La diplomacia abierta es un concepto que sintetiza la visión aristocrática de la democracia moderna: el pueblo no tiene por qué saber lo que realmente está en juego. El pueblo obedece, no decide. Quienes deciden son los protagonistas de la diplomacia profunda y son los artífices de la política real. Lo que se ve es apenas el teatro mediático, la tragicomedia política; pero la trama, el argumento y el meollo del asunto, no pueden exhibirse, ni siquiera en el propio desenlace. Porque descubrir esto es revelar los propósitos del nivel profundo y esto significa desenmascarar al poder detrás del trono.
Hoy en día, la mediocracia ha monopolizado toda mediación entre individuo y realidad, haciendo de la opinión pública su patrimonio privado. La información se ha convertido en un recurso estratégico de control político, haciendo de ésta la marca registrada de todo fenómeno comunicacional; pero no es la información, en sí, lo que produce conocimiento, sino la reflexión que tematiza el sentido que contiene la información; tampoco es el contacto directo con los hechos lo que permite comprensión sino el tener perspectiva, así como la objetividad no se mide por la neutralidad sino por los criterios éticos que se asume. Entonces, para tener una visión clarificada de los acontecimientos, hay que superar el cerco mediático y desenmarañar los contenidos informativos que propaga la prensa y, de los cuales, ni ella misma es consciente.
Lo que sucede en Brasil no puede sopesarse a partir de lo que se exhibe mediáticamente; esa información sólo produce confusión y no permite entrever lo que realmente está en juego. Las denuncias de corrupción gubernamental es un teatro montado para los ingenuos en geopolítica, que es el modo cómo se está definiendo la nueva reconfiguración global. En ese sentido, la posible destitución de la presidenta Dilma no está lejos de todo lo que ha venido aconteciendo desde el golpe en Honduras y Paraguay.
Bajo la nueva nomenclatura implantada por las guerras de cuarta generación, un golpe de Estado puede ahora prescindir del uso de la fuerza militar. El “impeachment” es una nueva modalidad del concepto de “golpe suave”, que se impone el “smart power” como una forma de reducir las expectativas democráticas de los pueblos, sin alteración del orden constitucional y promovida por la propia institucionalidad democrática. Lo que pareciera un contrasentido no es más que la constatación de una capitulación jurídica que la izquierda continental no ha sabido tematizar.
Algo que la visión economicista de la izquierda latinoamericana no entiende es que el neoliberalismo no es simplemente un modelo económico. No es políticamente que el neoliberalismo penetra en nuestros Estados sino jurídicamente. La doctrina del shock nos muestra cómo el dogma neoliberal penetra en nuestras sociedades pero no nos enseña cómo llega a encarnar en la estructura misma del Estado. Lo que sucede en Brasil es muestra del modo cómo el régimen normativo de los Estados es capturado por el concepto de derecho que patrocina la actual hegemonía financiera del dólar-centrismo.