Por Rafael Bautista S.
Un nuevo éxodo acontece
en el siglo XXI, quizás de mayor trascendencia que aquel que inaugura la
historia de las liberaciones. Antes se trató de una salida, ahora la salida ya
no es posible (posible es la liberación de los pueblos, inminente la caída de
la otrora potencia unipolar y apremiante un nuevo orden mundial). El poder
imperial se ha magnificado y ensoberbecido, pero eso no le hace más poderoso
sino más vulnerable; por eso inaugura su decadencia con el derrumbe de sus
santuarios: precipitando sus torres (de Babel), precipita su propia caída. La
salida ahora se expresa como retorno; no sólo por la privatización y
mercantilización de la vida y del planeta, sino por devolverle al mundo, y a
nosotros, el equilibrio destruido en cinco siglos de explotación inmisericorde
e irracional. No hay salidas: nuestro mundo es uno solo. Pero hay alternativas.
Si el capital es la muerte, la alternativa es la vida: la vida de la humanidad
y la vida de la naturaleza. Por eso tiene sentido el retorno; si el desarrollo
que nos promete el primer mundo nos conduce al suicidio, la revolución consiste
en frenar esa carrera insensata: si ya no se sabe hacia dónde se va, es
menester hacer un alto, darse la vuelta y ver de dónde se ha venido. Retornar
quiere decir: recuperar los caminos que, como humanidad, habíamos perdido (en
cinco siglos de empoderamiento del sistema-mundo moderno). Si lo que propone el
primer mundo es vivir mejor; la pregunta inevitable es: ¿mejor que quién? Cinco
siglos de modernidad responden: mejor que el resto del mundo; por eso
enjuiciamos, de modo categórico, al “desarrollo” moderno: ese “desarrollo” es
subdesarrollo nuestro, la riqueza del primer mundo es miseria para el resto del
mundo, el precio de esa riqueza es la muerte de la humanidad y de la
naturaleza.
Pero el imperio no
escucha y, en esa sordera, precipita su propio derrumbe. Así como se endureció
el corazón del faraón, así se endurece el corazón del imperio; y todas las
plagas que provoca son plagas que salen de su boca. La primera plaga hiere al
río Nilo, cubriéndolo de sangre; lo que era objeto de culto, para los egipcios,
se derrumba ante sus propios ojos (el Nilo era considerado una divinidad; la
vida provenía de sus aguas, que llenaba de verdor el desierto inmediato al
río). Si el objeto actual de culto es el dólar, ¿qué representa la crisis
financiera? Si el poderío militar gringo era el alarde imperial, ¿qué
significan las derrotas en Irak y Afganistán? Si el control del petróleo del
Medio Oriente era la garantía de la hegemonía norteamericana, ¿qué significa la
pérdida de ese control? Para decirlo en los términos que le gusta al
fundamentalismo gringo, en lenguaje apocalíptico y milenarista: ¿no estaremos presenciando
la primera de las plagas que inaugura el colapso del imperio?
La narración mítica que
evoca la liberación de los esclavos despierta, en la historia posterior, sólo
la decrépita fetidez de la decadencia del imperio egipcio. Ya nadie rememora su
esplendor, pero todos rememoran los milagros de la liberación; es decir, lo que
permanece, en la historia, no es el imperio aquél sino la liberación de los
esclavos. Después de aquello, Egipto nunca volvió a recobrar el esplendor
milenario del imperio más antiguo de la historia de la humanidad. Babilonia
corrió también una suerte parecida, la misma que arrastra a Roma (el paradigma
moderno, pues hasta en su arquitectura, siempre busca evocarla). Es una
maldición que arrastran los imperios. Semejante destino replican aquellos que
se alzan en la época moderna: son gigantes de bronce con pies de barro. Por eso
su decadencia es siempre interna. El peso de su poder se hace tan descomunal
que, precisamente, ese peso, los desmorona por dentro. Pero no es sólo un peso físico
(militar por ejemplo), sino el peso de la arrogancia y la soberbia: escupen a
los cielos sus propósitos perversos quienes en la tierra se alzan como si
fueran dioses. España fue imperio alrededor de tres siglos, Inglaterra logra su
hegemonía mundial por casi un siglo, Estados Unidos apenas supera el medio
siglo pero, ya en plena decadencia, arrastra esa maldición como penitencia.
¿Presenciaremos en sus demenciales apuestas bélicas la catastrófica caída del
imperio más soberbio en la historia de la humanidad?