Un proyecto político degenera cuando su horizonte
utópico desaparece. Si se renuncia al horizonte propuesto, entonces toda lucha
se reduce a incluirse a lo ya establecido. Lo que se pretendía revolucionario
se vuelve conservador. Si no hay horizonte, tampoco hay proyecto, la lucha se
pierde en el puro cálculo político. Esta devaluación de la política tiene que
ver con la pérdida de horizonte; sin esta referencia, el único criterio posible
es el poder. La lucha es ahora lucha por ganar el poder. Pero si la única
garantía es el poder, entonces hasta el proyecto mismo se vuelve una mediación
más para mantener el poder; de ese modo desaparece el proyecto y su horizonte,
y todo se circunscribe a lo inmediato. Aparece el mentado “realismo político”;
el revolucionario se hace reformista. Perdido el horizonte, su política se
reduce al puro cálculo de intereses; ahora lucha por el poder, el proyecto que
proclamaba se diluye en pura retórica.
El realismo que abraza es su propia trampa, porque ese
realismo es un puro sofisma conservador. Cuando el realismo es negación de toda
utopía, el realismo es lo más irreal que pueda haber; porque lo utópico no es
lo opuesto a lo real. Lo que no hay es siempre apetencia, deseo, esperanza;
aquello que pone en movimiento a lo que sí hay. La ausencia hace acto de
presencia y hace que el presente se ponga en movimiento. Hay futuro porque hay
deseo presente. Sin esa capacidad fecundadora del presente, el futuro es una
pura inercia del tiempo lineal. No hay historia. Por eso, sin utopía no hay
historia, ni realidad.
Cuando desaparece el componente utópico en la lucha
política, toda lucha pierde horizonte; por eso lo único que aparece como
programa viable es su rápida inclusión en el orden establecido. Si su horizonte
se diluye en éste, entonces su lucha pierde toda trascendencia. No sabe ir más
allá de los límites que le son permitidos por el orden actual; pierde
iniciativa, imaginación y, lo que es peor, pierde coherencia. Lo que produce ya
no es lo nuevo, sino lo mismo de siempre.
Por eso el Estado plurinacional recompone el carácter
colonial del Estado. Cuando se evidencia esta situación regresiva, cuando el
propio “proceso de cambio” empieza a recomponer un nuevo ciclo estatal del
mismo Estado señorial, entonces se hace necesario repensar en aquello que ha
sido desdeñado hasta por la tradición marxista (supuestamente revolucionaria):
la tematización acerca de las utopías.
No en vano se pone de moda Walter Benjamin (alguien
mal visto no sólo por los ortodoxos sino hasta por la propia Escuela de
Frankfurt). Tampoco Ernst Bloch es bien visto por los marxistas. Por lo general
la izquierda latinoamericana es profundamente jacobina; prejuiciados por la
modernidad, se han creído el cuento de que la política es racional porque es
científica y, porque es científica, no tiene nada que ver con la teología. Pero
una tematización acerca de las utopías o los modelos ideales no puede
prescindir de aquel ámbito de reflexión. Porque los modelos ideales tienen que
ver con los últimos sentidos de referencia de toda racionalidad y estos no son
precisamente racionales, sino míticos.
Los griegos ya sabían aquello: el mito es el
fundamento del lógos. El supuesto reino de la razón, la modernidad, tiene
también sus mitos; para que se imponga y se expanda su economía, tiene también
que imponer y expandir sus valores. Cuando estos valores constituyen ya
objetivamente a la propia sociedad moderna, entonces la ciencia moderna declara
que ésta ya no tiene nada que ver con los valores, sólo con los hechos. Esto lo
hace Weber y veda al quehacer científico de pronunciarse siquiera con respecto
al modelo ideal que presupone el capitalismo, es decir, el mundo moderno. Toda
la espiritualidad contenida en las mercancías modernas despiertan los deseos de
los consumidores porque estos ya se entienden a sí mismos desde los valores que
impone el modelo ideal de la modernidad; por eso los productos no son simples
productos sino comprimidos de un sistema de vida que penetra en la subjetividad
para adueñarse de ésta. El afán de poseer más y más es un afán cultural que
patrocina una forma de vida que se expande a medida que destruye lo que
garantiza ese apetito desmedido: la humanidad y la naturaleza. Pero no se trata
de un simple afán materialista sino de toda una espiritualidad fetichizada que
es capaz de resignificar hasta a las mismas religiones en torno a la
consagración del mercado y el capital, como los verdaderos ídolos de este
mundo.
Cuando la ciencia no se pronuncia al respecto, es
cuando pierde sentido crítico y sólo se reduce a describir lo dado, como lo que
es y no se puede cambiar (los analistas reflejan esta devaluación de la
ciencia). Cuando la política parte de este prejuicio, se amputa la posibilidad
de trascender lo dado; porque para trascenderlo necesita de otra referencia, un
más allá de lo posible para el sistema, es decir, otro modelo ideal.
