Por Rafael Bautista S.
Las revelaciones, del periodista español Alonso, muestran la
clase de oposición que enfrenta un proceso que, en democracia, se propone
reparar siglos de opresión y exclusión. Lo que se pretende hacer de modo
pacífico, es insensatamente resistido, socavando toda posibilidad de resolución
democrática. La insensatez provoca lo que reprocha: la violencia que condena es
la violencia que ella misma estimula; si se le cierra el camino a una
revolución en democracia, lo que abre, la misma derecha, es la apuesta por la
violencia. De ese modo regresa a su condición: no es demócrata, es fascista.
Su modo de constitución son las dictaduras, en ellas se
imagina una cáscara democrática para su dictadura prolongada; por eso,
inevitablemente, ensucia la política, porque la convierte en la pura
legalización de sus crímenes. En su apuesta reedita su carácter antinacional:
está dispuesta a descuartizar su propio país, si ello garantiza su poder. La
historia lo confirma: el que está acá sólo por la riqueza no ama esta tierra,
su propio país se convierte en un medio para sus fines, por eso vive mirando
para otro lado.
Su desarraigo le condena a la dependencia: se hace subalterno
de otro poder al cual se inclina; por eso amenaza todo intento de liberación,
porque su sometimiento no sabe sino someter a todos para someterse mejor: el
miserable hace más miserables a los demás, para hacerse menos miserable. Porque
en su miseria no puede consentir que sus víctimas le enseñen a ser libre; su
desprecio es el que le impide reconocer a quienes luchan, hasta por él mismo:
siendo libre gana menos, cuantitativamente, pero gana cualitativamente, se hace
más humano.
La guerra no es nunca solución sino la imposibilidad de toda
solución; quien cree que sale ganando con ella, no es iluso, es cínico. Por eso
no pelea él mismo sino contrata a otro; en su arrebato, no mide consecuencias:
cría cuervos que le sacan los ojos. El terrorista Rosza no venía a inclinarse
ante nadie. Él era una criatura del terrorismo global, de la lógica suicida del
capitalismo salvaje: morir matando a todos. La fuerza del terrorismo actual
consiste en su predisposición al suicidio; su amenaza señala: si no hay
alternativa, la única alternativa es matar toda alternativa. Su oficio se
exhibe de modo fervoroso; su culto hacia la muerte destruye todo propósito. No lucha
por ideología; la razón de su lucha es la lucha misma. Su lucidez consiste en
haber renunciado a todo potencial de razón; no le interesa justificarse, su
acción se justifica por sí misma. La guerra suspende toda apelación a la razón:
la guerra se convierte, para el terrorista, en un culto y matar, un acto
de fe.

