Por Rafael Bautista S.
Aquello que se ha denominado “proceso de cambio”, tenía sentido dentro de los márgenes de lo que constituía una “revolución democrático-cultural”. Esta caracterización era lo que distinguía y singularizaba al proceso de cambio que había originado el contenido nacional-popular de, sobre todo, octubre de 2003 (o lo ambiguamente denominado como “guerra del gas”). Por eso aquello significó una auténtica “crisis de Estado”. Las expectativas populares no apuntaban a la mera transferencia de poder o cambio gubernamental sino a la transformación del Estado en cuanto recuperación de la soberanía popular. Esto significaba la reconstitución del poder popular; por ello la “crisis de Estado”, no sólo del modelo neoliberal, exigía una transformación del concepto mismo de Estado.
El sentido significativo del Estado plurinacional constituía una crítica radical al Estado liberal-moderno-colonial, de lo cual se deducía, lógica e históricamente, una transformación de sus contenidos no sólo normativos sino de la razón misma de su existencia. Este nuevo horizonte de expectativas nos ponía a la altura de un nuevo siglo que amanecía con la impronta de la crisis climática, consecuencia de la civilización petrolera del “progreso” y el “desarrollo” modernos, y originaba un nuevo desiderátum global en torno a una postulada transición civilizatoria.
Por eso no fue casual que el horizonte de expectativas contuviese un nuevo paradigma de vida: el “vivir bien”. Si la vida toda estaba en juego entonces era el sentido de la vida lo que había que resignificar, como condición de todo nuevo proyecto político. La propuesta boliviana ponía las cosas en su debida magnitud. Por eso tenía y sigue teniendo sentido una “transición civilizatoria”. La modernidad y el capitalismo mismo había llegado a sus límites y donde más se advertía aquello era en Europa y USA. La crisis económico-financiera se desato allí, desde el 2008, con el antecedente previsto ya en 1972, cuando el “Informe del Club de Roma”, se intitula “Límites del Crecimiento”. Citemos a Kenneth Boulding: “cualquiera que crea que un crecimiento material infinito es posible en un planeta físicamente limitado, o es un loco o es un economista”. Esa locura, en términos científicos, se llama irracionalidad. O sea, la propia racionalidad económica moderna imperante, ahora neoliberal, era la causa del conjunto de irracionalidades que aparecían como calentamiento global o crisis climática, es decir, como la imposibilidad acelerada de la vida en el planeta.
Una “transición civilizatoria” implica un nuevo paradigma de vida y éste ya no puede deducirse del paradigma cultural y civilizatorio que ha originado a la economía capitalista y la cultura del “progreso infinito”. Son las propias contradicciones del mundo moderno capitalista lo que ha originado un descredito de su propio paradigma de vida. Desde la modernidad, afincada en un euro-gringo-centrismo fundamentalista, no se vislumbra ninguna alternativa (menos ya no sólo para el tercer mundo sino para el 99% que deja a su suerte el 1% rico del mundo); si todo se reduce a su provinciana perspectiva (Europa y USA), la humanidad estaría condenada fatalmente a su extinción (sin que pueda hacerse nada, salvo celebrarla dionisiacamente).
