Por Rafael
Bautista S.
El “mundo
de la post-verdad” no describe una novedad sino la consolidación de un mundo
sin alternativas. Es el desenlace de una fatalidad que nace con el mundo
moderno y que se proyecta globalmente imponiendo un proyecto único de vida.
Pero ese proyecto, desde sus inicios, no es posible para toda la humanidad; por
eso la modernidad nace en el diseño de una clasificación antropológico-racial
que biologiza las diferencias culturales (haciendo aparecer “superiores” e
“inferiores”), naturalizando, de ese modo, las relaciones de poder y dominación
exponencial a todos los ámbitos de la vida. En ese contexto es que se funda la
posibilidad de la modernidad como única forma de vida y su economía, el
capitalismo, como la única economía posible.
Es la
Conferencia de Seguridad de Múnich, en vísperas de su reunión anual, la que
publica, en su Reporte 2017, la siguiente interrogante: “¿post-verdad,
post-occidente, post-orden?”. Esta identificación de los tres conceptos es el
marco, en el cual, situamos el “mundo de la post-verdad”. Un mundo
“post-occidental”, según la Deutsche Welle, significa un “orden mundial
frágil”, marcado por el ascenso del populismo como una seria amenaza al “orden
internacional”. Lo que no se dice es que, ese “orden”, del que se sirve
Alemania y Europa, bajo la tutela de USA, pasa por la decadencia institucional
global creada para preservar, precisamente, ese “orden”. En ese sentido, la
crisis financiera que arrastra a las economías del primer mundo al colapso,
exponencialmente mundial, exhibe el aislamiento de USA del escenario mundial,
dejando la posibilidad de que las potencias emergentes, los BRICS, pero, en
particular Rusia y China, puedan aprovechar el vacío de poder que deja la
hegemonía en decadencia. Mientras se desarticula la Unión Europea, desde el
brexit, el Occidente moderno empieza a vislumbrar el desmantelamiento de su
centralidad global.
La
imposición de un mundo sin alternativas es prototípico del mundo moderno;
porque la posibilidad de una alternativa la constituye, en última instancia,
otra forma de vida; pero si la modernidad establece que todo lo pre-moderno no
es sólo anterior sino inferior, entonces, por inferencia lógica, y de acuerdo a
la racionalidad imperante, otra forma de vida es imposible. Un mundo sin
alternativas no es entonces una fatalidad histórica sino la imposición de un
proyecto único de dominación exponencial. La literatura del siglo XX es
recurrente en la descripción de un mundo convertido en panóptico; eso
manifiesta una situación en la que no hay salida.
Con el desarrollo
tecnológico, la comunicación y la información coadyuvan a cerrar aún más las
alternativas. El manejo estratégico de la información, por parte de las
agencias de inteligencia y el Pentágono, que trasmiten las grandes cadenas de
noticias, genera la producción manipulada de opinión pública. El panóptico
entonces se introduce en la propia subjetividad de los dominados y ordena la
interpretación de los hechos políticos. Por eso se puede hablar, y con sentido,
de un “mundo de la post-verdad”, pero no como algo coyuntural sino como la
conclusividad de un mundo sin alternativas. Sólo en esta clase de mundo la
verdad ya no importa, porque cuando el negocio se transforma en forma de vida,
lo que importa es quién gana, no quién tiene la razón.
El “mundo
de la post-verdad” es la develación de un mundo forjado en la conquista, por
eso fragua sus opciones en la guerra; la guerra se convierte en el incensario
de sus holocaustos ofrecidos en el altar del dólar. Si el dólar no crece se
muere, pero crece a expensas de todo. La globalización expresaba ese afán
infinito de crecimiento; por eso el crecimiento económico no es un indicador de
distribución de riqueza sino de acumulación monetaria en un patrón financiero
único. Una economía globalizada genera, de ese modo, las condiciones ideales
para raptar definitivamente a la humanidad y a la naturaleza en una dinámica
concéntrica de despojo sistemático de vida; porque la riqueza es la
objetivación de vida y, si la economía imperante, tiene como fin la
concentración acumulativa de riqueza, entonces eso no puede significar otra
cosa sino privación constante y creciente de vida.
Pero eso
tiene un límite y eso significa la rebelión de los límites. La crisis climática
y el calentamiento global son la cara dramática de esta rebelión. Esa es la
verdad. La vida misma se encuentra en estado de rebelión. Pero la respuesta de
los poderes fácticos no es respuesta sino la aniquilación de toda rebelión.
Para ello hacen uso de toda la institucionalidad creada, a nivel global, para
proseguir una política de despojo de todo lo que queda. El 1% rico del mundo
sabe que el progreso y el desarrollo no son posibles para todos. Es más, nunca
lo ha sido. Por eso la guerra es lo único que les queda. Siempre ha sido así.
