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sábado, mayo 31, 2014

BOLIVIA: ¿QUÉ SIGNIFICA “PROCESO DE CAMBIO”?

Por Rafael Bautista S.
Si el cambio constituía un proceso, eso significaba que transitar el proceso mismo era lo que llenaba de contenido y sentido al cambio. Pero cuando el cambio, imaginado “desde arriba”, es lo puramente deducido de esquemas preconcebidos (inconscientes de su eurocentrismo), entonces el transitar mismo ya no tiene sentido. Es más, el proceso mismo empieza a diluirse, cuando lo que se asume no son los sentidos que produce el proceso, sino aquellos que arrastra una izquierda que pretende dirigir un proceso que no lo vive y, en consecuencia, no lo comprende.
Sólo se puede transitar lo nuevo cuando acontece un desprendimiento lógico-existencial de lo viejo. Pero lo viejo no es lo pasado sino lo estructurado como lo dado, lo establecido como sistema (colonial). La denuncia derechista de “volver al pasado” hizo mella en una izquierda que tiene por cuco su pasado de fracasos; por eso se afanó, ufano y febril, en demostrar que lo suyo consistía también en “ir hacia adelante”, aunque ese “adelante” signifique el mismo que postula la derecha: el “adelante” moderno, es decir, el mito del “progreso infinito”, el mismo que nos está conduciendo, a la humanidad y a la naturaleza, al suicidio global.
En el último conflicto, de modo unánime, gobierno y sindicatos, mostraron aquello que los descubre como astillas del mismo palo (no sólo por la intransigencia y tozudez, o la manía de la inmediatez y el simplismo, tanto en el diagnóstico como en la pretendida solución); esto es: herederos de una política que arrastran como maldición. Ambos denuncian al capitalismo y al neoliberalismo pero, cuando uno impone medidas económicas y el otro demanda reivindicaciones sectoriales, ambos afirman el núcleo del cual el capitalismo es apenas su más acabada expresión económica: los mitos modernos.
Si el precio de la estabilidad económica, que apuesta el gobierno, es el sometimiento a la dictadura de la macroeconomía (cuyos criterios, desde el PIB, certifican todo, menos el bienestar concreto de la gente de carne y hueso), entonces no hay posibilidad siquiera de imaginar otra economía. A esto añadamos semejante miopía: creer que los criterios mercadotécnicos son neutrales e imparciales del modelo que se pretenda seguir.
La ceguera conduce a creer que, porque el mercado tiene la historia de la humanidad, el mercado global al cual se enfrentan nuestras economías pobres, desde que hay capitalismo, es el mercado a secas. En la historia de la humanidad, la institución llamada mercado nunca se había expandido de un modo tan irracional como el actual, al grado de descomponer las culturas, las relaciones humanas y la naturaleza, como sucede en el capitalismo. No se trata del mercado como institución humana, anterior al mundo moderno, sino de la resignificación de éste como mercado-centrismo moderno, que apuesta por someter a la humanidad toda y a la naturaleza, al automatismo de éste como condición para garantizar un supuesto interés general.
Confundir el mercado en general con el mercado moderno capitalista ya es una confusión en el análisis. En función de gobierno, esta confusión lleva a metidas de pata como el gasolinazo. Afirmar el mercado (aun a secas) no quiere decir afirmar la vida, porque el mercado (como institución humana) no se reproduce a sí mismo sino en la relación circular de la racionalidad reproductiva de la humanidad y la naturaleza. Lo que desata la modernidad, como caja de Pandora, es la subordinación de la humanidad y la naturaleza al automatismo del mercado; la estabilidad de éste es sólo posible a costa de aquellas. Si el mercado lo regula todo, la vida y la muerte ya no son decisiones que le corresponda a la humanidad sino a las necesidades de la expansión del mercado. La mercantilización de todo, hasta el aire y el espíritu, como expansión definitiva del mercado, es lo que socava la vida entera.
El lenguaje que expresa al mercado es el dinero; su beatificación es como capital. Cuando nuevos ídolos se levantan, las multitudes son congregadas para nuevos e infinitos sacrificios. Mercado y capital, en santa alianza, producen su expansión mutua, desplazando sistemáticamente a la humanidad y al planeta como meros suministradores de recursos. Por eso hay globalización, porque la lógica de la acumulación del capital no conoce límites y su expansión, traducida en la apertura de nuevos mercados, lo que hace es mercantilizar toda la vida, para así cumplir las exigencias de la reproducción del mercado capitalista global: si todo tiene precio, el mercado lo regula todo, hasta la vida (quienes no puedan pagar el “derecho a vivir”, son desechables).
El mercado global es aquel espacio al cual acceden sólo quienes tienen dinero: apenas el 20% rico del planeta. Por eso los países ricos abrazan y defienden el capitalismo, porque éste garantiza una estructura mundial que somete a la humanidad restante y a la naturaleza a meros suministradores de los apetitos del primer mundo. La sentencia no es gratuita: el capitalismo sólo sabe desarrollar la tecnología y el sistema de la producción socavando, al mismo tiempo, las dos únicas fuentes de riqueza: el trabajo humano y la naturaleza. Marx no expone la lógica del capital por puro afán teórico; si realiza una crítica a todo el sistema de categorías de la economía burguesa es para mostrar el fetichismo en que cae ésta: creer que la fuente de toda riqueza es el propio capital. No hay capital sin trabajo humano y no hay trabajo sin naturaleza. Capital también existe antes del capitalismo, pero su especificidad histórica consiste en el proceso de destrucción humana y planetaria como condición de su acumulación progresiva global.   

¿ES DESARROLLADO EL PRIMER MUNDO?


Por Rafael Bautista S.
La pregunta no tiene tanto la intención de estar dirigida a los países ricos sino al llamado tercer mundo; porque se trata de una pregunta que ni siquiera la imagina el llamado primer mundo (aun cuando padezca la crisis financiera, lo que procura como salida proviene de la nostalgia metafísica de una opulencia siempre de carácter infinito). Los países ricos son incapaces de cuestionar aquello que persiguen de modo ciego e irresponsable. Por eso el desarrollo, para ellos, se constituye en algo sagrado; por aquello que consideran sagrado están dispuestos a sacrificar a todo el planeta. En 1550, Domingo de Santo Tomas, a cuatro años del descubrimiento de la mina del Potosí, ya anunciaba la existencia de “una boca del infierno”, donde los españoles sacrificaron millones de almas “a su nuevo dios que es el oro”. En la actualidad, el neoliberalismo produjo el milagro que espera el “greed is good/God” (la codicia ya no era sólo buena sino  que era el nuevo ídolo): que el 5% más rico posea más que todo el 95% restante. La riqueza del primer mundo, desde la invasión y conquista del Nuevo Mundo, tiene un precio: la producción sistemática de miseria planetaria. Por eso la pregunta debemos hacerla, con preferencia, al sur, porque ¿cómo podría el beneficiario del robo pensar siquiera en cuestionar el robo?
Se trata, entonces, de un cuestionamiento que, de modo reflexivo, deben realizarse, a sí mismos, los pueblos empobrecidos del planeta. Para que haya desarrollo en el primer mundo, éste debe producir subdesarrollo en el resto del mundo; es decir, condición para el desarrollo de ellos, ha sido y es el subdesarrollo nuestro. No hay riqueza sin producción paralela de miseria; porque los indicadores de riqueza se mueven en una infinitud siempre insatisfecha, por eso las curvas de la ganancia, del crecimiento y del desarrollo se expresan siempre en aproximaciones asintóticas al infinito (la espiral de acumulación es concéntrica, la distribución ocurre por asignación, que lo decide la oferta y la demanda; estos factores deciden la vida y la muerte de la humanidad y, ahora, del planeta). Por eso también el socialismo se encuentra en entredicho, pues si el capitalismo busca la maximización de las ganancias, el socialismo persigue índices mayores de crecimiento; ambos parten de la infinitud, pero los recursos naturales no son infinitos sino finitos. En eso consiste la falacia del desarrollo moderno; se trata de un concepto que parte de una referencia metafísica: el mito (de la ciencia moderna) del “progreso infinito”. Cuando se piensa la economía desde la infinitud, se hace, inevitablemente, abstracción de la condición humana y de la vida toda (la infinitud es posible lógicamente pero es empíricamente imposible); prescindir de la vida y de la muerte conduce a una ilusión: pensar que todo es posible, que se puede, por ejemplo, explotar a la naturaleza y a trabajo humano al infinito. El concepto de desarrollo moderno es ilusorio. Pero esta ilusión oculta algo más grave: es una ilusión que nos conduce al suicidio colectivo.