Por Rafael Bautista S.
El golpe civil-militar producido en Honduras, delata una
rearticulación, no sólo de las oligarquías latinoamericanas, sino del propio
poder norteamericano. También delata el carácter colonial de un Estado, en cuyo
interior se origina una sedición –pues no sólo se trata de un golpe militar
sino congresal, judicial y electoral– contra un gobierno legítimo y contra el
propio pueblo, al cual, en definitiva, golpea. La aventura que, ahora, busca la
“negociación”, como modo de legitimar un acto de sedición, no es tan
desesperada como se cree. Tampoco pareciera tratarse sólo de un ensayo
desvariado. Lo que empieza a cobrar cuerpo es el renacimiento de una
geopolítica de la distensión. En sus dos sentidos, se trata tanto de dislocar
como de aflojar: se pretende dislocar una posible consolidación centroamericana
del ALBA y de aflojar la fuerza, mediante la amenaza, de gobiernos democráticos
de la región. Es decir, lo que interesa al Pentágono no es el golpe en
sí, sino el calibre de la respuesta que pueda ofrecer un bloque conjunto del
sur.
Por eso dilata el desenlace, y desvía su cauce hacia ámbitos
“legales” (pertinentes al sector dominante), para medir la magnitud que pueda
tener una respuesta latinoamericana. Más allá de los discursos, la capacidad
efectiva institucional de respuesta –ya sea del ALBA, del UNASUR, o de la misma
OEA– está demostrando ser todavía débil. El propósito inicial sería debilitar,
aun más, toda respuesta conjunta, sobre todo centroamericana; de ese modo
aislar a Chavez, para que su mirada se dirija exclusivamente a un sur (donde la
derecha recupera posiciones en Argentina y Uruguay, y donde Colombia y Perú se
reafirman como satélites) con menos capacidad de acción. Si se lograra
debilitar el bloque del sur (por eso la presidenta Cristina se preocupa, porque
algo similar le puede ocurrir en Argentina), las burguesías de Brasil y
Argentina, no tardarían en sacrificar un destino común y soberano, por
proyectos mezquinos, ligados siempre a la sobrevivencia del imperio
agónico del norte. Como es costumbre, en nuestra historia colonial, la clase
dominante apostaría su sobrevivencia condenándonos, otra vez, a una nueva
dependencia (también con la complicidad de una izquierda extremista que
sacrificaría al pueblo por sus maximalismos).
Por eso, la verdadera respuesta que podamos ofrecer, pasa por
la movilización popular y la ampliación democrática del conjunto de las
decisiones. La sede soberana del poder es el pueblo mismo; devolverle esa
soberanía es la única garantía de esta nueva y definitiva independencia. Los
imperios siempre han menospreciado a los pueblos y, en ese menosprecio, sin
advertirlo, han socavado siempre su poder. Por eso las grandes cadenas de
información intentan ocultar el repudio popular al golpe, e insisten en la
invención mediática de legitimidad que necesitan los golpistas para lavar su
imagen ante el mundo. El ya fenecido imperio gringo (ya que el fracaso en Irak
y la crisis financiera global han puesto fin al poder unipolar mundial)
patrocina un desenlace “legal”, porque sabe que el orden constituido, en países
como Honduras, puede asegurar la impunidad y la injerencia. Lo que no concibe
su apuesta es una respuesta popular, es decir, democrática. A estas alturas, un
nuevo revés, como el dado en Venezuela, el 2002, y en Bolivia, el 2008,
arrinconaría a la derecha continental al baúl de los recuerdos.