Cuando Zavaleta expone la “paradoja
señorial”, no sólo describe la contradicción de una casta sino de toda una
subjetividad que se expande al todo social: aquella que se constituye “en
contra del indio”. Por eso produce un Estado aparente, porque no tiene
contenido propio, porque lo propio es aquello que niega para poder afirmarse a
sí mismo; porque es antinacional, su legitimidad tiende siempre a la nulidad.
Por eso necesita de una sociedad, también aparente, que se haga a imagen y
semejanza de ese Estado; ambos se corresponden, pues en ambos se encuentra
arraigada una cuestión de fe. Por eso señala Zavaleta, sin miramiento alguno:
“la única creencia ingénita e irrenunciable fue siempre el juramento de su
superioridad sobre los indios, creencia en sí no negociable, con el liberalismo
o sin él y aun con el marxismo o sin él”.
Vale la pena subrayar lo último. Porque
incluso la asunción de banderas revolucionarias no supone la superación de esta
creencia que es, como bien dice, “ingénita e irrenunciable”. Por eso se
producen las recaídas. Por eso a la revolución del 52 le sucede la
contrarrevolución y al actual “Estado plurinacional” le viene sucediendo la
reposición del Estado colonial. La “paradoja” consiste en que la dirigencia
gubernamental del proceso no logra reunir, ni las condiciones subjetivas ni las
institucionales, para auto-transformarse, y menos, para hacer posible la
transformación del Estado. Esta “paradoja” se sostiene porque aquella creencia
permanece inamovible.
Por eso en el mismo discurso
revolucionario anida esta “paradoja”: la dominación se reconstituye bajo nuevas
banderas; porque si la creencia no es posible se ser superada, entonces los
propios revolucionarios producen la contra-revolución. Por eso hasta la
izquierda puede ser la nueva derecha. Porque a ambos les une una creencia
también irrenunciable; principio nodal de un mundo que se globaliza desde la
conquista, en contra, siempre, del indio.
Pueden renunciar a todo, menos a su fe
ciega en el “progreso” moderno. La riqueza del mundo moderno les enceguece, de
tal modo, que ya no tienen ojos para ver lo más evidente: que esa riqueza es
sólo posible por la acumulación sistemática de miseria. Para que el primer
mundo sea “desarrollado” tiene que producir el subdesarrollo del tercer mundo
(para que haya centro tiene que haber periferia). La conquista no cesa y, con
el añadido del racismo congénito moderno, se lo racionaliza hasta como un
imperativo categórico: ahora se llama “desarrollo”.
La “paradoja” aparece en el dominado,
cuando aspira a ser un nuevo dominador. Por eso el socialismo fracasa: critica
la dominación del trabajo humano por el capital, pero la liberación del trabajo
no libera al ser humano, pues sigue inamovible la dominación de la naturaleza.
Y en eso consiste la Modernidad: en dominar. La “riqueza”, el “desarrollo” y el
“progreso” modernos, son sólo posibles en términos de dominación. Las
mercancías modernas que nos enceguecen y seducen, chorrean sangre humana y
sangre de la Madre tierra, desde hace cinco siglos. La economía que promueve
este famoso “desarrollo”, sólo sabe producir riqueza, destruyendo las dos
únicas fuentes de riqueza: la humanidad y la naturaleza, Marx dixit. La crisis
ecológica no es una maldición divina sino consecuencia de la irracionalidad de
la racionalidad económica moderna; que comparten tanto capitalistas como
socialistas.
Las creencias económicas modernas son
también “ingénitas e irrenunciables”, y parten de una clasificación dicotómica
que se origina en el mito fundacional del mundo moderno: el racismo. Las
categorías de desarrollo-subdesarrollo, son emanaciones lógicas de la dicotomía
inicial que legitima la conquista del Nuevo Mundo: superior-inferior. La
naturalización de esta clasificación es el racismo. Por eso el indio aparece,
en el Estado señorial-moderno-colonial, como obstáculo del “progreso” y el
“desarrollo”. En nombre de estos se producen los genocidios a la humanidad y a
la naturaleza, desde la conquista, la colonia y la república, y en nombre
también de estos, ahora, un Estado plurinacional, lejos de proponerse un
contenido propio, auténtico, liberador, no hace sino volver a su forma
anterior, y de modo más acabado.
Por eso la “paradoja” continúa, y
recompone lo que se pretendía superar. No hay verdadera transformación: quienes
pudieron convertirse en los abanderados de un proceso de liberación, no saben
ni pueden entenderse al margen de un Estado al que desprecian y, sin embargo,
lo restituyen; porque las estructuras de ese Estado, estructuran su propia
subjetividad. Parafraseando a Zavaleta: pudieron ser los conductores de un gran
acto revolucionario; pero sus cabezas mismas, no eran libres todavía de
aquel Estado.
El primer mito de la subjetividad
moderna es la creencia en su superioridad. Es en la conquista, donde se
constituye aquel mito; necesita constituir a la víctima en “inferior”, para
legitimar su dominación: donde no hay indio No hay “señor”. Por eso las
repúblicas nacen formalmente “independientes”, pero siguen siendo esencialmente
coloniales. No pueden siquiera constituir nación, porque lo nacional mismo es
excluido. La nación es clandestina, porque el Estado es colonial. Su soberanía
es pura ficción; por eso se convierte en mero administrador de intereses que,
ni siquiera, son los suyos.
