Por Rafael Bautista S.
La pregunta es necesaria ante la confusión
gubernamental (que escuda sus dislates en algo que enuncia pero no comprende);
no se trata de desvivirse por ella sino de la urgente necesidad que tenemos de
remontar esa confusión gubernamental en clarificación popular; porque el mandar
obedeciendo señala un nuevo modo de ejercer el poder. Si el poder es la
categoría fundamental de toda política, de lo que se trata, en definitiva, es
de proponer un paso trascendental: de la política moderna de dominación a una
política de liberación (de toda pretensión de dominación). Proponer una nueva
política significa transitar hacia ella; no se trata de una mera invención
teórica sino de la transformación histórica de la propia praxis política. Por
eso aparece la confusión, porque si no hay tránsito, no hay modo de señalar,
menos de exponer, lo que no se ha transitado. Por eso hablan de lo que no
saben. Si el concepto no ha hecho carne, ese vacío no puede llenarlo la fatua
erudición; si la propia existencia no ha hecho el tránsito hacia lo nuevo,
entonces la recaída se hace inevitable.
¿Por qué la política económica del gobierno no va más
allá de lo que critica? Es fácil calumniar un modelo pero, si no se produce una
crítica real, de nada sirve arrojar piedras hacia aquello que persiste en uno
mismo; en este caso, la ingenuidad repite hasta la lógica de aquello que
supuestamente critica: ante la complejidad de todo problema opta por el puro
simplismo de reducir toda opción a la más usual (a esto se llama adicción:
realizar una y otra vez la misma operación creyendo que alguna vez saldrá un
resultado distinto; por más que se diga que se trataba de una adecuación de
precios, era un gasolinazo y la respuesta popular no podía haber sido
distinta).
Todos critican al neoliberalismo pero no saben salir
de su lógica; algo similar sucede con el gobierno: despotrica contra el
capitalismo pero no sabe hacer otra cosa. ¿Por qué? Porque no se trata de
cambiar de camiseta; se trata de transitar efectivamente hacia ese más allá que
se anuncia (el que no cree no transita y se condena a defender lo ya
establecido, se vuelve inevitablemente conservador). Por eso lo de proceso no
es pura retorica, y la descolonización no consiste en darle la espalda al
presente (sino sacarlo de la inercia homogénea del tiempo matemático), o
privarnos de futuro.
El asunto, en definitiva, es: ¿cuál futuro? El
capitalismo ofrece un futuro, ese futuro es el producido por el modelo de vida
que presupone: la modernidad. ¿De qué tipo de futuro se trata? El futuro de la
modernidad es el mito de la ciencia moderna: el progreso infinito (donde todo
es posible, hasta la vida eterna). Ese mito lo comparten derecha e izquierda,
capitalismo y socialismo; por eso no era de extrañar que neoliberales y
gobierno coincidan. En el fondo todos están de acuerdo con ese mito: que en el
futuro (siempre postergado) todo lo prometido será cumplido, sólo basta
sacrificar el presente. La creencia en ese mito conduce siempre a sacrificar todo
presente por un futuro que nunca llega, por eso el sacrificio nunca termina.
Pero si sacrificamos el presente no aseguramos ningún futuro; por privarnos el
pan de hoy puede que no lleguemos a ningún mañana.
El gasolinazo seguía la misma lógica: para tener más
dinero debemos sacrificar a los que nunca tienen, prometiéndoles lo mismo de
siempre. “Hasta el agua cuesta más barato que la gasolina”, decía el
vicepresidente. Pero, ¿quién pone esos precios?; no es el pobre, es el mercado,
y ¿qué hace el gobierno?: quita la subvención a la gente y subvenciona al
mercado internacional, con el hambre de los pobres. Eso se llama transferencia
de plusvalor, de la periferia al centro. ¿Cómo se logra eso? Las nuevas
ganancias de las petroleras son las que median esa transferencia.
